La Torre Central estaba colapsando. A nuestro alrededor, el cristal se convertía en arena y el cielo del mundo de los sueños se tornaba de un color carmesí violento. Dante estaba exhausto, su cabeza apoyada en mi hombro, sus manos aún vibrando con una energía que amenazaba con quemarnos a ambos. Kaelen, a pesar de sus heridas, se mantenía en pie como una estatua de bronce y fuego, observando el vacío donde Malphas había desaparecido.
—Se ha ido con él —dijo Kaelen, su voz cargada de una gravedad que nunca le había escuchado.
—¿Con quién? —pregunté, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la torre.
—Con el Arquitecto del Vacío. El que está por encima de los Doce.
Mientras tanto, en una dimensión que ni siquiera los sueños más profundos pueden alcanzar, el portal de Malphas se abrió con un estruendo agónico.
Malphas cayó de bruces sobre un suelo hecho de ceniza blanca y polvo de estrellas muertas. Estaba herido, su luz plateada apenas un susurro, su geometría sagrada rota. Se arrastró por el suelo, sus manos rascando la superficie estéril.
—Mi Señor... —jadeó Malphas, levantando la vista.
Frente a él se alzaba un trono que desafiaba toda lógica. No era de oro, ni de luz, ni de sombra. Estaba construido enteramente con los huesos de deidades olvidadas, de civilizaciones que murieron antes de que el primer humano tuviera un sueño. Los huesos estaban entrelazados como raíces, formando un respaldo que parecía tocar el cielo negro de aquel lugar.
Sentado en el trono estaba Él.
Era el ser que yo había visto brevemente en la Bóveda Negra. Su presencia era tan vasta que el espacio a su alrededor parecía curvarse para evitar tocarlo. Vestía una túnica hecha de jirones de realidad, y su rostro estaba oculto tras una máscara de hueso tallada con runas que sangraban una oscuridad espesa.
—Has fallado, Malphas —la voz del Rey de los Huesos no se escuchó; se manifestó como un dolor punzante en el alma del dios caído—. Mis once pilares han sido borrados. El equilibrio que tardamos eones en construir ha sido destruido por un parásito y una detective con demasiado corazón.
—¡Dante es más fuerte de lo que calculamos! —gritó Malphas, postrándose—. ¡Tiene el poder del Trascendido y la voluntad de la Anomalía! ¡Kaelen lo ayudó!
El Rey de los Huesos se inclinó hacia adelante. Un movimiento sutil de sus dedos hizo que la atmósfera del lugar se volviera tan pesada que Malphas fue aplastado contra el suelo de ceniza.
—Kaelen es una molestia que debí extinguir hace mucho —dijo el Rey, y sus ojos, dos puntos de luz roja detrás de la máscara de hueso, brillaron con una furia fría—. Pero el Decimotercero... él es diferente. Él no es una anomalía. Él es el catalizador que he estado esperando.
—¿Señor? —balbuceó Malphas, confundido.
—Crees que los Doce eran el fin —el Rey soltó una risa que sonó como el crujir de una tumba—. Los Doce eran solo la guardería. El experimento para ver si la voluntad humana podía crear un arma capaz de matarme. Y ahora, por fin, el arma ha sido forjada.
El Rey de los Huesos se puso en pie. Medía casi cuatro metros de altura, y su sombra se extendía por leguas.
—Esto no ha terminado, Malphas. Solo ha pasado de ser un juego de orden a ser una cacería de supervivencia. Diles a las sombras que quedan, diles a las pesadillas que aún me sirven... que preparen el camino. Voy a reclamar lo que es mío. Y empezaré por la mujer. Sin el ancla, el Dios caerá.
De vuelta en el mundo de los sueños, la torre terminó de desmoronarse. Kaelen nos agarró a Dante y a mí justo antes de que el suelo desapareciera, y con un estallido de fuego violeta, nos transportó de vuelta al plano físico.
Aparecimos en el tejado del hospital St. Jude. La lluvia seguía cayendo, pero ahora se sentía limpia, como si la purga de los Once hubiera lavado algo sucio en la atmósfera. Dante recuperó la conciencia lentamente, sus ojos volviendo a ese azul eléctrico que yo tanto amaba.
Kaelen se alejó unos pasos, apoyándose en la barandilla del tejado. Sus heridas empezaban a cerrarse, pero el esfuerzo era evidente en su rostro aristocrático. Se giró hacia nosotros, su torso desnudo brillando bajo la luz de los relámpagos.
—Estamos vivos —dijo Dante, tomando mi mano con fuerza.
—Por ahora —respondió Kaelen, mirando hacia el cielo, donde las nubes parecían formar la silueta de un trono lejano—. Pero hemos enfurecido a algo que hace que los Doce parezcan niños con juguetes de plata. Malphas ha ido con su amo. Y ese ser no se detendrá ante nada.
Dante se puso en pie, ayudándome a levantarme. Los tres nos quedamos allí, bajo la lluvia, observando la ciudad que ahora dormía sin saber que sus dioses habían muerto.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunté, mirando a Dante y luego a Kaelen.
Dante apretó el bastón de plata, que ahora brillaba con una luz negra constante.
—Nos preparamos —dijo Dante, su voz cargada de una autoridad nueva—. Ya no estamos huyendo. Ahora nosotros somos los cazadores.
Kaelen soltó una pequeña sonrisa, una mirada llena de una nueva e inquietante fascinación hacia mí.
—Esto apenas está empezando, Elena Vance —dijo el demonio, su voz mezclándose con el trueno—. Y te prometo una cosa: cuando el Rey de los Huesos baje a reclamarte, tendrá que pasar por encima de mi fuego y de las sombras de tu amante.
Nos quedamos en silencio, una alianza improbable nacida de la sangre, el fuego y la desesperación. El Consejo de los Doce había caído, pero en las profundidades de la Bóveda Negra, algo mucho más oscuro estaba abriendo los ojos.
La guerra por la realidad acababa de entrar en su fase más sangrienta.