El parásito de tus sueños

EPILOGO: El precio del trono de sombras

​La lluvia sobre el hospital St. Jude no era agua; se sentía como lágrimas de un cielo que acababa de perder a sus carceleros.
​Dante me rodeaba con sus brazos, y su tacto era una contradicción deliciosa: el frío del diamante y el calor febril de la sangre que aún nos unía. Ya no era solo el parásito que dormía en mis pesadillas. Era algo más vasto, algo que llenaba el espacio entre los átomos. Sus ojos, ese azul eléctrico que ahora parpadeaba con destellos plateados, me escudriñaban como si estuviera buscando mi alma a través de mis pupilas.
​—Estás temblando —murmuró Dante. Su voz ya no era un susurro; era un eco que vibraba en mis propios huesos—. Te tengo, Elena. No dejaré que nadie más te toque.
​Me apretó contra su torso desnudo, su piel de obsidiana todavía goteando la esencia dorada de los dioses que había devorado. Era posesivo, oscuro, un Dios nacido del trauma que ahora reclamaba su derecho sobre su creadora.
​Pero a pocos metros, otra presencia cortaba el aire como una cuchilla oxidada.
​Kaelen permanecía apoyado en la gárgola de piedra del edificio, observándonos. Su torso, cruzado por cicatrices de luz que se negaban a cerrar, brillaba bajo los relámpagos. Sus ojos dorados no miraban a Dante; me miraban a mí con una intensidad depredadora que hacía que mi pulso se acelerara por razones que me negaba a admitir.
​—Qué escena tan conmovedora —dijo Kaelen, su voz arrastrada, cargada de un cinismo sensual—. El monstruo y su musa. Pero no os pongáis demasiado cómodos en vuestro nido de amor, sombras.
​Dante gruñó, un sonido que hizo que las sombras del tejado se alzaran como lanzas hacia el demonio. Kaelen ni siquiera se inmutó. Se separó de la gárgola, caminando hacia nosotros con la elegancia de un animal que sabe que no tiene rivales.
​—Malphas no ha huido para esconderse, parásito —continuó Kaelen, deteniéndose justo en el límite del alcance de las sombras de Dante—. Ha ido a lamer las botas del Rey de los Huesos. Y ese ser no acepta "no" por respuesta. Él no quiere el Orden de los Doce. Él quiere el Vacío. Y para conseguirlo, necesita que el corazón de la Anomalía deje de latir.
​Kaelen se inclinó, su rostro a centímetros del mío, ignorando la garra de sombra que Dante le puso en el cuello. El olor de Kaelen —ceniza, especias prohibidas y peligro— me envolvió.
​—Él vendrá por ti, Elena —susurró el demonio—. Y cuando lo haga, Dante tendrá que elegir entre salvar tu vida o salvar su trono. Y yo... yo estaré allí para ver a quién de los dos traicionas primero.
​Dante lo empujó con una ráfaga de energía oscura, pero Kaelen se disolvió en una carcajada de chispas violetas, reapareciendo en el borde del tejado.
​—Disfrutad vuestra noche, amantes —dijo Kaelen, lanzándome una última mirada que prometía un incendio—. Porque cuando el Rey de los Huesos camine sobre la tierra, el sol de Elena Vance se apagará para siempre.
​Kaelen desapareció en la tormenta, dejando tras de sí solo el rastro de su calor insoportable.
​Me volví hacia Dante, buscando consuelo en sus ojos, pero lo que vi me heló la sangre. Él no estaba mirando hacia donde se fue Kaelen. Estaba mirando mis manos.
​Bajé la vista. Mis palmas, quemadas por el bastón de plata y cortadas por el pacto de sangre, ya no supuraban sangre roja. De las heridas brotaba un humo negro y denso, idéntico a la esencia de Dante.
​—Elena... —susurró Dante, y por primera vez desde que despertó como un Dios, vi miedo en él—. Tus manos.
​—¿Qué me está pasando? —pregunté, sintiendo un frío repentino en el centro de mi pecho.
​—El pacto —dijo una voz que no era de Dante, ni de Kaelen.
​Una sombra se desprendió de la pared del hospital. No era un enemigo, era un mensaje. En el suelo de hormigón, las cenizas de la batalla empezaron a moverse solas, formando palabras en una escritura antigua que yo podía entender sin haberla visto nunca.
​"Lo que la sangre unió, la muerte lo reclama. Ella es el sacrificio. Él es el verdugo. El Rey espera en el Trono de Huesos."
​Dante me envolvió en sus alas de sombra, intentando ocultarme del mundo, de la profecía, de nosotros mismos. Pero mientras me abrazaba, sentí que algo en mi interior se había roto definitivamente. Mi conexión con el mundo humano se desvanecía. Mi piel se volvía pálida, mis sentidos se agudizaban hacia la oscuridad.
​—No dejaré que te lleve —juró Dante en mi oído, su voz temblando de furia divina—. Destruiré la Bóveda Negra, mataré al Rey de los Huesos y quemaré cada sueño de la humanidad antes de dejar que te quiten de mi lado.
​Lo abracé con fuerza, pero mi mirada se perdió en la lluvia. En el horizonte, más allá de los rascacielos de la ciudad, una luz blanca y fría empezó a brillar en el cielo, una luz que no era el amanecer. Era la mirada del Rey.
​Estábamos juntos, éramos poderosos, pero ahora el precio de nuestra libertad estaba sobre la mesa. La cacería había comenzado, y yo no sabía si éramos los cazadores o la carnada que atraería al fin del mundo.
​—Dante... —susurré, mientras mis manos se volvían sombras en sus brazos.
​—Dime, Elena.
​—Tengo miedo de que Kaelen tenga razón.
​Él no respondió. Solo me besó con la desesperación de quien sabe que el tiempo se está acabando.
​A lo lejos, en el salón de los huesos, un trono vacío esperaba a su Reina. Y la guerra, la verdadera guerra por mi alma, apenas acababa de empezar.

Fin.



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En el texto hay: darkromance, detecive, psiquiatra sueños

Editado: 01.05.2026

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