La balada del hierro y la herrumbre
MATEO
Hay dos tipos de silencio en este mundo.
Está el silencio de los cementerios, ese que es pesado y definitivo, donde las voces se apagan para siempre bajo seis pies de tierra. Y está el silencio del puerto a las cuatro de la mañana, que no es realmente un silencio, sino una respiración contenida. Es el sonido del metal contrayéndose por el frío, del agua oscura golpeando los pilares de hormigón y de los secretos que se hunden con una piedra atada al cuello.
Ese es mi silencio. El que me pertenece.
Hace un año, el nombre Russo era sinónimo de "escoria del muelle" en los periódicos de la ciudad. Hoy, gracias a mi hermana Elena y al fiscal Vane, ese nombre está grabado en placas de bronce. Ellos limpiaron el apellido. Ellos ganaron la guerra en los tribunales, bajo las luces blancas de los juzgados, donde la justicia es una palabra que se escribe con mayúscula.
Pero la justicia no vive en el muelle 47.
Aquí, la justicia es una cuestión de equilibrio. Si alguien roba, paga. Si alguien traiciona, desaparece. Si alguien intenta traer veneno a mi ciudad, yo soy el filtro que lo detiene. Julian y Elena son la conciencia de este lugar; yo soy su sistema inmunológico. Y el sistema inmunológico no siempre es amable. A veces tiene que destruir para salvar.
Me ajusto los guantes de cuero, sintiendo el crujido del material viejo contra mis nudillos. En mi pecho, bajo la cicatriz que me dejó un cuchillo hace tres años, hay un hueco que ninguna victoria legal ha podido llenar. Es el vacío que dejó una mujer cuyo nombre me prohibí pronunciar para no volverme loco en la celda.
Lucía
Dicen que el tiempo lo cura todo. El tiempo no cura nada; solo te enseña a caminar con el dolor para que no cojees tanto. Te acostumbra al peso.
Miro hacia el horizonte, donde el primer rastro de luz gris empieza a devorar las estrellas. Un barco de carga se desliza por la bahía como un fantasma de hierro. No sé qué trae en sus entrañas, pero mi instinto, ese animal que nunca duerme, me dice que el pasado no se queda enterrado por mucho que lo intentes. El pasado es como la marea: siempre vuelve a la orilla, y siempre trae consigo los restos de lo que creías haber perdido.
Hoy, el aire huele diferente. No es solo sal y brea. Es algo más dulce, algo que me revuelve las tripas y me pone los vellos de punta.
Jazmín.
Apago el cigarrillo contra la barandilla de metal y suelto el humo lentamente. La calma se ha terminado. Lo siento en la vibración del suelo, en el cambio del viento.
Mi nombre es Mateo Russo. Protejo este puerto de los monstruos que intentan entrar. Lo que no sabía es que el monstruo más peligroso de todos era el que yo solía amar.
Que empiece el juego.
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Hola, hola soy de las personas que no termina un libro y ya empieza otro, tengo muchas ideas en la cabeza que espero compartir, espero y disfruten de este libro y todos los demás al igual que yo escribiendolos.