Jazmín y Pólvora
MATEO
El hangar 12 es una caja de resonancia para el miedo. El eco del grito del tipo de la cicatriz rebota en las paredes de chapa galvanizada mientras se sujeta el muñón de donde antes colgaban sus dedos. Pero yo no lo miro a él. Mis ojos están clavados en la mujer que acaba de aterrizar frente a mí como si fuera una aparición del mismo infierno.
— ¿Lucía? —mi voz sale rota, una mezcla de incredulidad y un dolor que creía haber asfixiado bajo mil litros de cerveza y noches de guardia.
Ella no baja el arma. La culata de su 9mm es una extensión de su brazo, firme y letal. Se quita la máscara con un movimiento fluido y el cabello oscuro cae sobre sus hombros, enmarcando ese rostro que solía ser mi único refugio. Pero sus ojos... sus ojos verdes ya no tienen esa chispa de travesura. Ahora son fríos, como el acero de un contenedor a la intemperie.
— No deberías haber venido hoy, Mateo —repite ella. Su voz es más profunda, curtida por inviernos que yo no compartí con ella—. Este cargamento no te pertenece. A nadie en este puerto le pertenece.
— Todo lo que pisa este cemento me pertenece, Lulú —respondo, recuperando mi tono áspero mientras cierro la navaja y la guardo. No porque confíe en ella, sino porque si me va a disparar, prefiero morir mirando a la mujer que amé, no a un arma—. ¿Dónde diablos has estado? Cinco años, Lucía. Ni una nota, ni una señal. Y ahora apareces robando en mi casa con un equipo de limpieza profesional.
Uno de los hombres de Lucía intenta levantar su arma hacia mí, pero ella, sin siquiera mirarlo, le dispara un aviso a los pies que hace saltar chispas del hormigón.
— ¡Dije que el ruso es mío! —ruge ella. La autoridad en su voz me deja claro que no es una simple empleada. Ella manda—. Vayan al camión. Aseguren el perímetro. Yo me encargo del "dueño".
Los tipos se retiran, maldiciendo en un idioma que suena a Europa del Este. Nos quedamos solos bajo la luz parpadeante de un foco cenital. El olor a jazmín de su perfume lucha contra el olor a pólvora quemada. Es la combinación más peligrosa que he sentido en mi vida.
— Vete, Mateo —susurra, bajando el arma solo unos centímetros—. Si te quedas, si intentas seguir este camión, no podré protegerte de lo que viene detrás de mí.
— ¿Protegerte? —suelto una carcajada seca, llena de amargura—. Pasé tres años en una celda por protegerte a ti, Lucía. Me volví este monstruo para que tú pudieras escapar de Miller. Y ahora vuelves trabajando para los mismos fantasmas.
Me acerco un paso. Ella no retrocede, pero veo un ligero temblor en su mano. La máscara de frialdad tiene una grieta.
— No sabes nada —dice ella, guardando el arma en la funda de su muslo—. El pasado no vuelve para pedir perdón, Mateo. Vuelve para cobrar intereses.
Se gira para subir a la cabina del camión, pero antes de hacerlo, lanza algo pequeño hacia mí. Lo atrapo en el aire. Es una ficha de casino vieja, de un lugar que cerraron hace años: El Paraíso.
— Mañana a medianoche —dice antes de arrancar el motor—. Ven solo. Si traes a la policía o a tu cuñado el fiscal, considera que el puerto será lo primero que arda.
El camión ruge y sale disparado del hangar, perdiéndose en la niebla del muelle antes de que Javi llegue corriendo con la respiración entrecortada. Miro la ficha en mi mano. El metal está frío, pero mi sangre está ardiendo.
— Eran fantasmas, Javi —respondo al chico, sin apartar la vista de la oscuridad—. Fantasmas que acaban de recordarme que nunca se deja de pagar por los errores del corazón.