La jaula de cristal
LUCÍA
El camión se detiene en un almacén refrigerado a las afueras de la zona industrial. Mis manos todavía tiemblan sobre el volante, así que las aprieto hasta que los nudillos se vuelven blancos. Verlo después de cinco años ha sido como recibir un disparo a quemarropa en un chaleco antibalas: no te atraviesa, pero te deja sin aire y con las costillas rotas.
Mateo.
Sigue teniendo esa mirada de perro guardián, esa mezcla de nobleza y violencia que siempre fue su perdición. Se ha vuelto más grande, más duro. El puerto lo ha moldeado a su imagen y semejanza, y me odia. Debo dejar que me odie. El odio lo mantendrá alerta; el amor lo matará.
— El cargamento está asegurado, jefa —dice Marek, el hombre al que le faltan dos dedos, mientras se envuelve la mano en un trapo ensangrentado. Me mira con un resentimiento que podría cortar el acero—. Ese tipo... el Russo... debería estar muerto.
— Si vuelves a levantarle el arma a alguien sin mi orden, Marek, te aseguro que los dedos serán lo de menos —respondo, bajando del camión con una frialdad que me cuesta mantener.
Entro en la oficina acristalada que domina el almacén. Allí, sentado tras un escritorio de roble que parece fuera de lugar entre tanto cemento, está él. Viktor Volkov. El hombre que me sacó de las calles de Europa y me convirtió en lo que s— Llegas tarde, Lucía —dice Viktor sin levantar la vista de sus pantallas. El brillo azulado del monitor acentúa las arrugas de su rostro—. Y me dicen que hubo complicaciones en el muelle 12.
— Llegas tarde, Lucía —dice Viktor sin levantar la vista de sus pantallas. El brillo azulado del monitor acentúa las arrugas de su rostro—. Y me dicen que hubo complicaciones en el muelle 12.
— Un guardia civil demasiado curioso. Nada que no haya manejado —miento con fluidez. Si Viktor se entera de que Mateo Russo es el hombre que me mantuvo cuerda en la cárcel, lo enviará a una fosa común antes del amanecer.
— No era un guardia civil cualquiera. Era el hermano de la mujer que destruyó a Sterling —Viktor se levanta, rodeando el escritorio. Su presencia es como una sombra que devora la luz—. Mateo Russo es el dueño de ese puerto. Y nosotros necesitamos ese puerto para la fase dos.
Siento un nudo en la garganta, pero mantengo el rostro impasible. Viktor me pone una mano en el hombro, un gesto que debería ser paternal pero que siempre se siente como una amenaza.
— Mañana vas a reunirte con él —continúa Viktor—. Sé que le diste la ficha. Me gusta tu iniciativa. Úsalo, Lucía. Haz que nos abra las puertas del muelle 47. Y si no lo hace... —Viktor hace una pausa, sacando una fotografía de su bolsillo y deslizándola sobre la mesa.
Es una foto de Mateo entrando en su pequeño apartamento sobre el taller mecánico, tomada hace apenas unas horas.
— ...si no lo hace, demostrarás que tu lealtad a esta organización es superior a cualquier recuerdo sentimental que guardes de tu juventud.
Miro la foto. El corazón me late con una fuerza dolorosa contra las costillas. Viktor no solo quiere el puerto; quiere comprobar si sigo siendo su arma o si sigo siendo la chica que Mateo Russo rescató hace años.
— No te fallaré —digo, y mi voz suena como el cristal rompiéndose.
Salgo de la oficina y me encierro en el baño. Abro el grifo del agua fría y me mojo la cara. En el espejo, no reconozco a la mujer que me devuelve la mirada. Me toco el cuello, buscando una cadena que ya no está, la que Mateo me regaló antes de que todo se fuera al infierno.
He vuelto a casa, pero mi casa está en llamas, y yo soy la que lleva la gasolina.