El pasado vuelve

Capitulo 3

Entre perros y lobos

MATEO

​El "Ancla Rota" es el tipo de bar donde el aire es un 40% humo de tabaco y un 60% arrepentimiento. Las luces de neón parpadean sobre las cabezas de estibadores que intentan olvidar que sus hombros están destrozados y que sus pulmones están llenos de hollín.

​Me siento en una mesa al fondo, lejos de la puerta. Mis nudillos todavía laten, un recordatorio sordo de la cara del mercenario de Lucía.

​— Una cerveza. La más barata —le digo al barman, que ni siquiera me mira.

​— No sabía que los reyes del puerto bebían con la plebe, Russo​Esa voz. Cansada, áspera y con el peso de mil informes policiales. El Detective Thorne se desliza en la silla frente a mí sin invitación. No lleva el uniforme, pero su gabardina parece ser parte de su piel.

​Esa voz. Cansada, áspera y con el peso de mil informes policiales. El Detective Thorne se desliza en la silla frente a mí sin invitación. No lleva el uniforme, pero su gabardina parece ser parte de su piel.

​— Thorne —asiento, sin tocar la cerveza que acaban de dejarme—. Pensé que después de la caída de Sterling te habrían dado un despacho con aire acondicionado y una secretaria que te llamara "Comisionado".

​— El aire acondicionado me da alergia y las secretarias hacen demasiadas preguntas —Thorne me mira con sus ojos de sabueso, analizando la mancha de sangre seca en mi puño—. ¿Qué pasó en el muelle 12, Mateo? Mis hombres encontraron dos dedos y un rastro de frenada de un camión que no figura en ningún registro.

​— Solo una disputa de inventario. Algunos tipos no saben leer las señales de "Prohibido el paso" —respondo, dándole un sorbo a la cerveza. Amarga. Como mi humor.

— No me mientas. Sé que viste algo. O a alguien. —Thorne se inclina hacia adelante, bajando la voz—. Hay rumores en la central. Gente que dice que los restos de Aethelgard no se disolvieron, sino que cambiaron de manos. Un nombre está sonando en las sombras: Viktor Volkov. Un tipo que hace que Miller parezca un niño de coro.

Al escuchar ese nombre, la imagen de Lucía apuntándome con la pistola vuelve a mi mente. Jazmín y pólvora.

Al escuchar ese nombre, la imagen de Lucía apuntándome con la pistola vuelve a mi mente. Jazmín y pólvora.

— No sé nada de Volkov —miento, y sé que Thorne lo sabe—. Solo sé que mi puerto está tranquilo.

​— Tu puerto es un polvorín, Mateo. Y tú tienes la cerilla en la mano —Thorne saca una tarjeta y la desliza por la mesa—. Tu hermana Elena me llamó. Dice que no respondes a sus mensajes. No la metas en esto, Russo. Si te hundes, no te lleves a la única persona que cree que eres un héroe.

​Me quedo en silencio. La mención de Elena me escuece más que cualquier amenaza. Thorne se levanta, ajustándose la gabardina.

​— "El Paraíso" —dice de pronto, deteniéndose antes de salir.

​Mi corazón da un vuelco.

— ¿Qué?

​— Es el nombre del casino donde Volkov está instalando su base de operaciones —dice Thorne sin mirarme—. Si vas a ir allí, asegúrate de llevar algo más que una navaja. Porque esos tipos no juegan a las cartas, juegan a la guerra.

​Thorne sale del bar, dejándome solo con una cerveza tibia y una verdad que no quiero aceptar. Lucía no solo ha vuelto; ha vuelto de la mano del hombre que quiere devorar mi ciudad.

​Saco la ficha de casino de mi bolsillo y la aprieto hasta que los bordes se me clavan en la palma. Mañana a medianoche. No voy a ir allí como el hermano de Elena Russo o como el contacto de Thorne.

Voy a ir como el hombre que Lucía Varga dejó atrás. El hombre que ya no tiene nada que perder, porque lo perdió todo en el momento en que ella volvió a apretar el gatillo.




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