El pasado vuelve

Capitulo 4

La mancha en la seda

MATEO

​Me ajusto el nudo de la corbata frente al espejo del baño y suelto una maldición. Detesto los trajes. Me siento como un lobo disfrazado de cordero, apretado en una tela que cuesta más que mi camioneta. Me lavo la cara con agua fría, intentando borrar las ojeras y el rastro de la pelea del hangar. Un pequeño corte en mi pómulo sigue rojo, así que me pongo un poco de pomada y espero que la luz tenue del comedor de los Vane me ayude a ocultarlo.

No puedo faltar. Elena tiene ese instinto de hermana mayor que detecta el miedo a kilómetros, y si no aparezco, se presentará en el muelle con un equipo de SWAT si hace falta.

— Todo está bien —me miento a mí mismo en el espejo—. Solo es una cena.

ELENA

La casa está llena de ese olor a romero y vino tinto que Julian adora. Todo parece perfecto: la mesa puesta, la música suave de fondo, el brillo de la cubertería. Pero hay un nudo en mi estómago que no me deja tranquila. Mateo no ha respondido a mis últimos tres mensajes, y Thorne me dio una respuesta demasiado vaga cuando le pregunté por el puerto esta mañana.

Cuando suena el timbre, Julian abre la puerta con esa sonrisa de anfitrión perfecto que ha pulido desde que dejó la fiscalía.

​— ¡Mateo! Pasa, hombre. Estábamos a punto de abrir el Cabernet —dice Julian, dándole una palmada en el hombro.

Veo a mi hermano entrar. Se ve impecable con el traje gris que le regalamos por su cumpleaños, pero camina con una rigidez que reconozco. Es la rigidez de alguien que espera un ataque.

— Hola, El —dice Mateo, dándome un beso en la mejilla. Huele a jabón, pero bajo el aroma a limpio, percibo el rastro metálico de la pólvora. Mis ojos van directos a su cara—. ¿Qué te pasó en el pómulo?

​— Un accidente con una palanca en el taller —responde él demasiado rápido, evitando mi mirada—. Ya sabes, Javi es un poco descuidado con las herramientas.

JULIAN

​Observo a Mateo mientras sirve el vino. Sus manos son grandes, toscas, y noto que sus nudillos están ligeramente inflamados. He interrogado a cientos de criminales y a docenas de héroes; sé cuándo alguien está ocultando un secreto que pesa toneladas.

​— El puerto parece estar muy activo últimamente, Mateo —comento, probando el vino—. Thorne mencionó que hubo un incidente en el muelle 12 anoche. Algo sobre un camión sin registro.

​Mateo se tensa. La copa de vino se detiene a milímetros de sus labios.

— El puerto siempre tiene incidentes, Julian. Es parte del negocio. Nada de lo que el "gran abogado" deba preocuparse.

​— Me preocupo porque eres mi familia —respondo, bajando el tono—. Y porque el nombre de Viktor Volkov ha empezado a aparecer en mis informes de consultoría. Si ese hombre está intentando entrar en tu territorio, Mateo, no lo hagas solo. La ley tiene formas de...

​— La ley no llega a los muelles a las cuatro de la mañana, Julian —lo interrumpe Mateo, y su voz tiene un filo peligroso que corta el ambiente festivo—. Allí las cosas se resuelven de otra manera.

MATEO

El silencio que sigue es denso como el hormigón. Elena me mira con una mezcla de tristeza y sospecha, y Julian mantiene esa expresión analítica que tanto me irrita. Siento que me ahogo en esta habitación. El lujo, la paz, la risa de los niños que se escucha desde el piso de arriba... todo eso es frágil. Es un castillo de cristal que Volkov y Lucía podrían pulverizar en un segundo si yo no juego bien mis cartas.

— Lo siento —digo, dejando la servilleta sobre la mesa—. No he dormido bien. El trabajo me tiene agotado.

​— Mateo... —Elena pone su mano sobre la mía. Su tacto es cálido, real—. Si estás en problemas, si ella ha vuelto... puedes decírnoslo.

Mi corazón da un vuelco.

— ¿Ella? ¿De qué hablas?

​— Sé que nunca dejaste de buscarla, aunque dijeras lo contrario —susurra Elena—. Si Lucía Varga tiene algo que ver con lo que está pasando, no dejes que te arrastre al fondo otra vez. Ya pagaste su fianza con tres años de tu vida. No le des el resto.

​Me levanto bruscamente, tirando casi la silla.

— Tengo que irme. Gracias por la cena.

Salgo de la casa sin mirar atrás, ignorando los llamados de mi hermana. Una vez en la camioneta, me arranco la corbata y abro las ventanas para que el aire frío me golpee. La mención de Lucía en boca de Elena ha sido el golpe final.

Miro la ficha del casino en el asiento del copiloto. Mañana es la medianoche. Elena tiene razón en algo: ya pagué una vez. Pero lo que ella no entiende es que, para proteger este mundo de cenas elegantes y copas de cristal, el monstruo del muelle tiene que volver a salir a cazar.

Y esta vez, no voy a dejar que Lucía me pida permiso.




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