Luces de neón y sombras de hierro
MATEO
El letrero de "El Paraíso" cuelga de un solo cable, chirriando con el viento como el lamento de un ahorcado. Hace diez años, este lugar era el corazón del distrito rojo; ahora es una cáscara de hormigón devorada por el salitre y el olvido.
Llego dos horas antes de la medianoche. Nunca he sido de los que esperan a que el enemigo dicte el terreno de juego. Estaciono la camioneta a tres manzanas de distancia y me acerco por el callejón trasero, el mismo por el que solía escabullirme con Lucía cuando éramos adolescentes y creíamos que el mundo nos pertenecía.
La puerta de emergencia está oxidada, pero cede con un gemido que me pone los pelos de punta. Saco la linterna, pero no la enciendo. Dejo que mis ojos se acostumbren a la penumbra. El olor es inconfundible: moho, polvo y... algo eléctrico. Ozono.
Atravieso el salón principal. Las mesas de ruleta parecen esqueletos de ballenas varadas bajo la luz plateada de la luna que entra por las ventanas rotas. Pero cuando llego a la zona de las oficinas, el suelo deja de crujir. El hormigón está limpio. Demasiado limpio.
Pongo la mano en el pomo de la puerta que baja al sótano. Está fría. No es óxido; es acero reforzado. Saco la ficha de casino que Lucía me dio. Al acercarla a una pequeña hendidura que apenas se ve en el marco, un pitido digital rompe el silencio.
— Joder —susurro—. ¿En qué te has metido, Lulú?
La puerta se desliza con un susurro hidráulico. Bajo las escaleras con la navaja en la mano, esperando encontrarme con mercenarios armados. Lo que encuentro es mucho peor.
El sótano de "El Paraíso" ya no es una bodega de licores baratos. Es una central de inteligencia. Paredes cubiertas de monitores, servidores zumbando con un brillo azulado y mapas digitales de los muelles proyectados en el aire. Es tecnología que Julian ni siquiera ha visto en la fiscalía.
Me acerco a la pantalla principal. Hay un esquema del puerto, pero tiene puntos rojos parpadeando en las zonas de mayor calado. No están planeando un robo; están planeando una invasión.
— Te dije que vinieras a medianoche, Mateo. Siempre has sido un impaciente.
Me giro en redondo. Lucía está apoyada en el marco de la puerta. Ya no lleva el traje de combate del hangar; viste unos vaqueros oscuros y una camiseta negra que la hace parecerse más a la chica que recordaba, si no fuera por la mirada de cansancio absoluto en sus ojos.
— ¿Qué es esto, Lucía? —señalo las pantallas—. Esto no es un negocio de contrabando. Esto es una guerra logística.
— Es la fase dos de Volkov —responde ella, acercándose lentamente. Sus pasos no hacen ruido—. Él no quiere las cenizas de Aethelgard. Quiere usar el puerto para mover algo que hará que el dinero de Sterling parezca calderilla.
— ¿Y tú? ¿Eres la arquitecta de este desastre o solo la que limpia la sangre?
Lucía se detiene a un metro de mí. El brillo azul de los monitores se refleja en sus ojos verdes, haciéndolos parecer cristales rotos.
— Soy la que está intentando que no te conviertas en un daño colateral —dice ella, bajando la voz hasta convertirla en un secreto—. Viktor sabe que estuviste en la cena con los Vane. Sabe que Julian tiene el nombre de Volkov sobre su mesa. Si crees que este sótano es peligroso, no tienes idea de lo que hay en los barcos que están por llegar.
Me acerco a ella, rompiendo su espacio personal. Puedo sentir el calor que emana de su cuerpo, ese calor que solía calmar mis demonios.
— Dame una razón para no llamar a Thorne ahora mismo y volar este lugar por los aires.
Lucía sonríe, pero es una sonrisa triste, sin rastro de alegría.
— Porque si lo haces, nunca sabrás quién entregó a tu familia hace cinco años. No fue Miller, Mateo. Miller fue el brazo, pero el cerebro... el cerebro está aquí, y es el único que sabe dónde están enterrados los cuerpos que Julian todavía está buscando.
El aire se vuelve pesado. La mención de la traición que nos destruyó hace cinco años me golpea como un mazo.
— ¿Quién fue? —pregunto, agarrándola del brazo.
En ese momento, una alarma roja empieza a girar en el techo. Las pantallas cambian a una vista de las cámaras exteriores. Un convoy de coches negros se detiene frente al casino.
— Viktor —susurra Lucía, y por primera vez, veo auténtico terror en su rostro—. Se adelantó. Tienes que salir de aquí. ¡Ahora!
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Están disfrutando la historia, trataré de subir capítulos lunes, miércoles y viernes.