El pasado vuelve

Capitulo 6

El refugio de las fieras

MATEO

​— Por aquí, ¡muévete! —Lucía me empuja hacia un conducto de ventilación que parece haber sido reforzado recientemente.

​— No voy a dejarte aquí con él —gruño, pero ella me lanza una mirada que me detiene en seco.

​— Si nos encuentran juntos, nos matan a los dos. Yo puedo manejar a Viktor, tú no. ¡Vete!

​Me deslizo por el túnel de metal justo cuando la puerta hidráulica se abre con un estruendo. Escucho la voz de Volkov, fría y afilada como un bisturí, haciendo preguntas que Lucía responde con una calma aterradora. Salgo por el callejón trasero, salto la valla y corro hacia mi camioneta. Mi corazón golpea contra mis costillas como un animal enjaulado.

Veinte minutos después, estoy frente a la puerta de mi apartamento, sobre el taller mecánico. Pero no estoy solo.

En la penumbra de la escalera, una figura encapuchada me espera. Por un segundo, mi mano busca la navaja, hasta que el aroma a jazmín y sangre me llega antes que la vista.

​— ¿Cómo diablos me has encontrado? —pregunto, abriendo la puerta y empujándola hacia adentro.

Lucía entra tropezando. Tiene un corte en el labio y la respiración entrecortada.

— Te puse un rastreador en la ficha, Mateo. ¿De verdad pensabas que después de cinco años iba a dejar que te perdieras así de fácil?

Cierro la puerta con tres cerrojos y enciendo la luz tenue de la cocina. Mi apartamento es un caos de piezas de motor, libros de mecánica y muebles de segunda mano. Es lo opuesto a la mansión de los Vane; es un lugar que huele a grasa y a soledad.

​— Siéntate —le ordeno, sacando un botiquín de debajo del fregadero.

Ella se deja caer en el sofá viejo, observando el lugar con una curiosidad que me incomoda.

— Es muy... tú —comenta, soltando un gemido cuando le limpio el labio con alcohol—. ¿Vives aquí solo todo este tiempo?

​— No tenía a nadie a quien invitar, Lucía. La última persona que entró en mi casa terminó entregándome a la policía —le devuelvo el golpe sin mirarla.

​El silencio que sigue es tan denso que casi se puede tocar. Me arrodillo frente a ella para vendarle una mano que tiene raspada. El contacto de mi piel contra la suya después de tantos años es como cerrar un circuito eléctrico. La tensión sexual y el resentimiento acumulado chocan en el aire, volviendo el oxígeno escaso.

​— No te entregué —susurra ella, obligándome a mirarla a los ojos. Estamos tan cerca que puedo ver las motas doradas en su verde—. Me obligaron a elegir entre tu vida y mi silencio. Elegí tu vida, aunque eso significara que me odiaras para siempre.

— Entonces dime la verdad ahora —me acerco más, sintiendo su aliento contra mi rostro—. ¿Quién es ese "cerebro" que mencionaste en el casino? ¿Quién destruyó a mi familia?

​Lucía me pone la mano en la nuca, atrayéndome hacia ella. Por un segundo, el peligro y la conspiración desaparecen. Solo somos dos fieras heridas buscando calor en medio de una tormenta.

​— No es alguien de afuera, Mateo —dice, y sus labios rozan los míos—. Es alguien que Julian ve todos los días. Alguien que lleva la ley en la mano y el veneno en la sangre.

​Antes de que pueda procesar sus palabras, Lucía acorta la distancia y me besa. Es un beso desesperado, lleno de furia y de una necesidad que ha estado contenida durante media década. La empujo contra el respaldo del sofá, mis manos perdiéndose en su pelo mientras el mundo exterior, Volkov y el puerto, dejan de existir por un instante de locura.

Pero incluso en medio del beso, mi mente procesa su advertencia: Alguien que Julian ve todos los días.




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