El pasado vuelve

Capitulo 7

La carga del Diablo

MATEO

Me despierto con el sabor a jazmín todavía en los labios y el brazo extendido hacia el lugar vacío del sofá. Lucía se ha ido. El apartamento se siente más frío y silencioso que nunca, como si su presencia hubiera sido un sueño febril. Solo queda el desorden de las gasas usadas y una pequeña nota sobre la mesa:«No confíes en las sonrisas de mármol, Mateo. Mira las manos».

No tengo tiempo para descifrar acertijos. Mi teléfono vibra con tanta insistencia que casi se cae de la encimera. Es Javi.

​— ¡Jefe! ¡Tiene que venir al Muelle 12! —la voz del chico suena aguda, al borde del pánico—. El barco... el Valkyria... no ha pasado por aduanas. Ha atracado en la zona privada de los astilleros viejos.

​— Quédate en las sombras, Javi. No hagas nada —le ordeno mientras me pongo las botas y agarro mi chaqueta de cuero—. Llego en diez minutos.

El astillero viejo es un cementerio de barcos oxidados y grúas que parecen monstruos mecánicos muertos. Llego justo cuando una espesa niebla empieza a subir del agua, ocultando el casco negro del Valkyria. Es un carguero mediano, sin bandera visible, con las luces de cubierta apagadas.

Encuentro a Javi detrás de una pila de vigas de acero. El chico está temblando, y no es por el frío.

​— Mire —susurra, señalando con un dedo tembloroso.

A través de mis binoculares, veo el movimiento en la rampa de carga. No hay cajas de madera, ni contenedores con el sello de Volkov. Hay personas. Una fila de hombres y mujeres, vestidos con uniformes grises, caminando en silencio absoluto hacia unos furgones blindados que esperan en el muelle. No parecen prisioneros; se mueven con una precisión militar aterradora, como máquinas.

— No son inmigrantes, Javi —digo, sintiendo un escalofrío que no tiene nada que ver con el viento del mar—. Son mercenarios. Un ejército privado.

De pronto, una figura sale de la cabina del barco. Es Viktor Volkov. Camina con paso firme, inspeccionando a su "mercancía". Y a su lado, con el rostro oculto bajo una capucha pero con esa postura inconfundible, está Lucía.

La veo entregarle un maletín a un hombre que espera junto a los furgones. El hombre se gira para subir al vehículo y la luz de un foco lo ilumina por un segundo. No reconozco su cara, pero sí el pin de plata que lleva en la solapa de su abrigo: el sello del Tribunal Superior de Justicia.

— Maldita sea —susurro. Lucía tenía razón. El traidor no está en los muelles. Está en el corazón del sistema que Julian defiende.

Un ruido de metal chocando contra el suelo nos delata. Javi, en su nerviosismo, ha golpeado una tubería.

— ¿Quién está ahí? —ruge una voz desde el muelle.

El haz de una linterna de alta potencia barre la zona, acercándose peligrosamente a nuestro escondite.

— Javi, corre hacia la camioneta. Ahora —le digo, sacando la navaja y una pequeña granada de humo que Thorne me dio "extraoficialmente".

​— ¿Y usted, jefe?

​— Voy a darle a Volkov la bienvenida que se merece.

​Lanzó la granada de humo. Una nube blanca y densa estalla entre nosotros y el barco. Me pongo en pie, no para huir, sino para interceptar al primer guardia que se acerca. El choque es brutal. Siento el impacto en mis hombros, el crujido de las costillas del tipo bajo mi puño. Es la violencia pura la que me hace sentir vivo otra vez.

Pero mientras peleo, mis ojos buscan los de Lucía a través de la niebla. Ella me ve. Por un instante, el tiempo se detiene. Ella no da la alarma. No apunta con su arma. Simplemente me mira y, con un gesto casi imperceptible, señala hacia el fondo del muelle, donde un tercer furgón está cargando algo mucho más pequeño. Un contenedor con el sello de Aethelgard.

La verdad está ahí dentro. Y yo voy a buscarla, aunque tenga que quemar el puerto entero para conseguirla.




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