El secreto en el acero
MATEO
El furgón blindado ruge mientras intenta ganar tracción sobre el pavimento mojado del astillero. Javi ya está a salvo en la camioneta, pero yo no me voy a ir con las manos vacías. Corro en diagonal, saltando sobre una montaña de neumáticos viejos, y me lanzo sobre la parte trasera del vehículo justo cuando acelera.
Me agarro a las barras de acero del techo. El viento me azota la cara, frío y cortante, recordándome que estoy loco. Pero la locura es lo único que me queda cuando la lógica me dice que Lucía me ha vuelto a salvar la vida.
Saco la navaja y fuerzo la cerradura electrónica del portón trasero con un dispositivo de cortocircuito que Javi me ayudó a armar. Chispas saltan contra mis guantes. Un pitido agudo, y las puertas se abren de golpe.
Me deslizo hacia el interior del furgón mientras este toma una curva cerrada hacia la autopista. El interior está oscuro, iluminado solo por la luz roja de emergencia. En el centro, hay un contenedor pequeño, de fibra de carbono, con el sello de Aethelgard brillando como una advertencia.
— Vamos a ver qué guardas con tanto celo, Volkov —susurro.
Uso la palanca para forzar el sello. Esperaba encontrar planos, discos duros o quizás muestras químicas. Lo que encuentro me deja sin aliento.
Dentro del contenedor, sedada y envuelta en una manta térmica, hay una mujer joven. No tiene más de veinte años. Su rostro es una copia casi exacta de la mujer que veo todas las mañanas en las fotos de mi infancia.
— No puede ser... —mi voz desaparece.
Es la hija de Miller. La sobrina de Sterling. La chica que todos dábamos por muerta en el incendio que acabó con la sede de la corporación hace un año. Pero lo más importante no es quién es ella, sino lo que lleva sujeto a su muñeca: un brazalete electrónico que emite una señal constante de datos. Ella no es un rehén; ella es la base de datos viviente de Aethelgard. Sus ojos se abren lentamente, nublados por el sedante. Son del mismo color azul gélido que los de su padre.
— ¿Mateo? —murmura ella con un hilo de voz, reconociéndome por las fotos que su padre guardaba antes de que yo lo enviara al infierno.
Miro a la chica. No puedo dejarla aquí. Si Volkov la tiene, tiene las llaves de toda la corrupción de la ciudad. Y si Julian se entera de que ella está viva, su mundo legal se vendrá abajo, porque ella es la prueba de que el juicio que él ganó fue basado en una mentira.
Agarro a la chica por los hombros y la saco del contenedor.
— Necesito que confíes en mí —le digo al oído—. Vamos a saltar.
— ¡Fuego! —ruge el líder afuera.
El metal del furgón empieza a ser acribillado por balas de 9mm. El sonido es ensordecedor, como una lluvia de granizo sobre un techo de lata. Abrazo a la chica contra mi pecho, protegiéndola con mi propio cuerpo, y me preparo para el salto hacia la oscuridad de la cuneta.
Si sobrevivimos a esto, la guerra ya no será por el puerto. Será por la verdad que Julian Vane no está listo para escuchar.