El pasado vuelve

Capitulo 10

El peso del sacrificio

MATEO

El viento del helicóptero sacude el coche como si fuera de papel. El polvo y la tierra golpean el parabrisas, cegándome. Lucía me agarra del brazo con una fuerza que me corta la circulación. Sus ojos verdes brillan bajo la luz del foco, y no hay miedo en ellos, solo una resolución que me hiela la sangre.

​— Mateo, escúchame bien —grita sobre el estruendo de las hélices—. El helicóptero tiene sensores térmicos. Si seguimos los tres en el coche, nos volarán antes de llegar al bosque.

​— ¡Pues salgamos los tres y corramos! —le grito, intentando meter la primera marcha para salir de allí.

— No —ella pone su mano sobre la mía, deteniéndome—. Ellos me quieren a mí. Soy la traidora que conocen. Si yo me quedo, ellos se centrarán en capturarme y bajarán a tierra. Eso te dará tres minutos. Ni uno más.

​— ¡Ni hablar! ¡No voy a dejarte otra vez, Lucía! —trato de abrir la puerta, pero ella ya ha activado el bloqueo central desde su lado.

— No me estás dejando. Me estás salvando —me lanza una mirada cargada de cinco años de palabras no dichas—. Cuida a esa chica. Cuida a Elena. Y por lo que más quieras... abre la ficha.

Antes de que pueda reaccionar, Lucía abre su puerta y salta del coche en movimiento mientras dispara ráfagas cortas hacia el helicóptero, atrayendo toda la atención. El foco se desplaza de mi parabrisas hacia ella. Veo su silueta recortada contra la luz, disparando con una precisión suicida.

​— ¡LUCÍA! —rujo, pero el motor del coche responde a mi instinto de supervivencia y acelero por el camino de tierra, internándome en la oscuridad de los pinos.

Por el retrovisor, veo el helicóptero descender. Veo sombras saltando en rápel. Escucho gritos y el sonido de una lucha breve. Y luego, el silencio. Un silencio que me desgarra por dentro más que cualquier bala.

Dos kilómetros después, escondo el coche bajo un cobertizo de leña abandonado. Mi respiración es un silbido roto. La chica sigue sedada en el asiento trasero, ajena a que una mujer acaba de entregar su libertad por ella.

Saco la ficha del casino del bolsillo. Mis manos tiemblan tanto que casi la tiro. Busco la muesca que Lucía mencionó. Con la punta de mi navaja, presiono un pequeño resorte oculto en el borde metálico. La ficha se divide en dos mitades perfectas.

Dentro no hay un chip de alta tecnología. Hay una fotografía pequeña, doblada, y un nombre escrito con sangre seca.

​Desdoblo la foto. Es una imagen borrosa de hace años, tomada en una fiesta privada de la alcaldía. En ella aparece Julian Vane, joven y sonriente, estrechando la mano de su mentor. Pero detrás de ellos, en la sombra, hay un hombre entregando un sobre a un agente de aduanas.

Miro el nombre escrito en el reverso de la foto. El aire se escapa de mis pulmones.

​Juez Alberto Vane.

El padre de Julian. El hombre que Elena idolatra. El hombre que, según la ciudad, murió como un héroe en un accidente de coche hace tres años, pero que según este papel... orquestó la entrada de Aethelgard para proteger la carrera de su hijo.

​— No... —susurro, golpeando el volante con el puño—. Julian no lo sabe. No puede saberlo.

​Si Julian descubre que su carrera, su prestigio y su lucha por la justicia fueron financiados con la sangre que su propio padre ayudó a derramar, lo destruirá. Y si Elena sabe que el hombre al que todavía le lleva flores al cementerio fue el que envió a su hermano a la cárcel para cubrir sus huellas...

El pasado no solo ha vuelto, Mateo. El pasado ha venido a demoler los cimientos de tu familia.




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