La tumba vacía
MATEO
El frío del bosque se me mete en los huesos, pero no es nada comparado con el hielo que siento en el pecho al mirar esa foto. El Juez Alberto Vane. El hombre que me dio la mano cuando salí de la cárcel y me dijo: "Lo siento, muchacho, la justicia a veces se equivoca".
Mentiroso. Maldito mentiroso.
Un gemido desde el asiento trasero me saca de mi estupor. La chica de Aethelgard se está incorporando, luchando con la manta térmica. Sus ojos azules, antes nublados, ahora están fijos en la foto que sostengo.
— Él no te dejó morir —dice ella. Su voz es áspera, seca como el desierto—. Te usó para limpiar el camino.
— Mi hermana cree que su suegro es un santo, pequeña —respondo, guardando la foto con manos temblorosas—. Julian construyó su carrera sobre las cenizas de este hombre. Si lo que dice Lucía es cierto, Alberto Vane fue el cerebro de todo.
La chica suelta una risa amarga que termina en una tos violenta.
— ¿"Fue"? Mateo... ¿por qué crees que Volkov tiene tanto poder en esta ciudad? Un criminal extranjero no puede comprar a todo el Tribunal Superior de la noche a la mañana. Necesita un guía. Un arquitecto que conozca dónde están enterrados todos los cadáveres.
Me giro en el asiento, sintiendo que el coche se vuelve pequeño, asfixiante.
— Alberto Vane murió hace tres años. El coche cayó por el acantilado en la carretera de la costa. El funeral fue con honores. Yo estuve allí. Elena lloró sobre ese ataúd.
La chica se inclina hacia adelante, y el brillo azul del brazalete en su muñeca ilumina su rostro pálido.
— Nunca abrieron el ataúd, ¿verdad? —susurra—. Fue un accidente conveniente. Un hombre con tantos enemigos necesitaba desaparecer para poder operar desde las sombras. Volkov no es el jefe, Mateo. Volkov es el socio. El hombre que tú crees que está bajo tierra es quien está sentado ahora mismo en el helicóptero que se llevó a Lucía.
El mundo parece detenerse. La imagen de Julian y Elena cenando tranquilamente, creyendo que están a salvo porque los "malos" están muertos o en la cárcel, se fragmenta en mi mente.
— Está vivo —las palabras me saben a bilis—. Ese hijo de perra está vivo y tiene a Lucía.
— Y me quiere a mí —añade la chica, señalando el brazalete—. Porque yo soy la única que tiene las claves de acceso a sus cuentas privadas. Sin mí, el Juez no puede pagar a su ejército. Sin mí, su imperio de sombras se queda sin combustible.
Golpeo el volante con rabia. Si el Juez está vivo, Julian es un peón en un tablero que ni siquiera entiende. Y lo que es peor: si intento rescatar a Lucía o exponer la verdad, el Juez no dudará en destruir a su propio hijo para protegerse. Un hombre que finge su propia muerte no tiene límites.
Miro hacia el horizonte, donde las luces del helicóptero de Volkov todavía se ven como estrellas lejanas y malignas.
— No voy a ir a la policía. No voy a llamar a Julian —digo, encendiendo el motor—. Voy a buscar a alguien que sepa cómo matar a un fantasma.
Saco el teléfono y marco el único número que prometí no volver a usar. El número de la red segura de Sterling, el hombre que Julian metió en la cárcel. Porque si hay alguien que sabe cómo operaba el Juez Vane, es el hombre que fue su socio antes de ser su chivo expiatorio.
Lo siento, muchacho, la justicia a veces se equivoca".