180 pulsaciones
LUCÍA
Estoy colgada por las muñecas en una sala que huele a diesel y salitre. El balanceo suave del suelo me confirma que Sterling no mentía: estoy en un barco. Viktor Volkov entra en la sala, pero no viene solo. Tras él, camina un hombre de unos sesenta años, vestido con una elegancia impecable que no encaja en este ambiente industrial.
El Juez Alberto Vane.
— Me decepcionas, Lucía —dice el Juez, acercándose a mí. Su voz es la misma que escuchaba en las noticias, calmada y autoritaria—. Te dimos una segunda oportunidad. Te sacamos de la miseria para que fueras nuestros ojos en el puerto.
— Sus ojos están podridos, Juez —escupo sangre a sus pies—. Mateo lo sabe todo. Y su hijo... Julian lo atrapará. Él es todo lo que usted nunca fue.
El Juez sonríe, una expresión carente de toda humanidad.
— Julian es mi mejor creación. Él limpia la ciudad por el día para que yo pueda controlarla por la noche. Es un equilibrio perfecto. Y si Mateo intenta romper ese equilibrio, morirá. Al igual que tú, si no me das el código de acceso del brazalete de la chica antes de que amanezca.