Sangre, Ley y Acero
MATEO
El interior del Faro del Sur es un laberinto de pasillos metálicos y luces rojas de emergencia. He dejado un rastro de guardias inconscientes a mis espaldas, pero mi cuerpo está empezando a fallar. Una bala me rozó el costado hace diez minutos y el calor de la sangre me empapa la camisa.
Finalmente, derribo la puerta de la sala de máquinas.
Allí está ella. Lucía, colgada, pálida, pero con los ojos abiertos. Y frente a ella, el Juez Alberto Vane, sosteniendo un maletín que vale más que todas las vidas que ha destruido.
— Se acabó, Juez —digo, apuntándole con el arma que le quité a uno de sus hombres. Mi mano tiembla, no por miedo, sino por puro agotamiento—. Suelte el maletín y baje a Lucía.
— ¿Y qué harás, Mateo? —el Juez se gira con una calma exasperante—. Si me disparas, Julian nunca tendrá las respuestas que necesita. Si me dejas ir, te daré el dinero suficiente para que tú y esa chica desaparezcan para siempre.
— El dinero no limpia el salitre de los pulmones, ni la culpa del corazón —respondo, dando un paso adelante.
De pronto, un grito rompe el zumbido de los motores.
— ¡BAJE EL ARMA, PADRE!
Me quedo helado. Julian Vane entra en la sala. No trae refuerzos, no trae a la policía. Trae su placa de fiscal en una mano y una pistola que apenas sabe sostener en la otra. Su rostro es una máscara de horror puro; ha envejecido diez años en una noche.
— Julian... —el Juez cambia su expresión, recuperando esa máscara de afecto paternal que ha usado toda la vida—. Hijo, qué bueno que estás aquí. Este hombre es un criminal. Ha secuestrado a esta mujer y..
— ¡CÁLLATE! —ruge Julian, y veo lágrimas corriendo por sus mejillas—. He visto los registros, papá. He visto las cuentas en las Islas Caimán que se activaron después de tu "muerte". He vivido mi vida intentando honrar tu nombre, ¡y tú has convertido mi nombre en una cloaca!
El Juez suspira, y su rostro se vuelve de piedra. La máscara cae definitivamente.
— Todo lo que hice, lo hice por ti. Para que tuvieras el poder que yo nunca alcancé. La justicia es un juego para niños, Julian. El poder es la única verdad.
— Entonces, bajo arresto por la única verdad que entiendo —dice Julian, avanzando con el arma en alto—. Entrégate.
El Juez mete la mano en su abrigo. Sé lo que viene. Él no se va a rendir. Nunca lo haría.
— ¡JULIAN, CUIDADO! —grito.
El Juez saca una pequeña pistola de bolsillo. Julian duda. Yo no.
Dos disparos resuenan en la sala de máquinas, amplificados por el metal.
Uno es el mío. El otro es el de Julian.
El Juez retrocede, impactado en el pecho, y cae hacia atrás, desapareciendo por el hueco de la turbina del barco hacia las aguas oscuras del puerto. El maletín se abre, desparramando miles de billetes que vuelan como mariposas muertas en el aire viciado.
Julian cae de rodillas, soltando el arma como si quemara. Yo corro hacia Lucía, cortando sus ataduras. Ella cae en mis brazos, pesada, fría, pero viva.
— Lo hiciste... —susurra ella contra mi cuello.
Miro a Julian. Está mirando el lugar donde su padre desapareció. El fiscal más brillante de la ciudad acaba de dispararle a su propio fantasma.
— Se acabó, Julian —digo, acercándome a él mientras sostengo a Lucía—. La verdad ya no pesa. Ahora solo queda lo que hagamos con ella.