El pacto de las sombras
MATEO
El amanecer en el puerto es gris, como si el cielo también quisiera ocultar lo que acaba de pasar. Las sirenas de la policía y las ambulancias se escuchan a lo lejos, pero aquí, en la cubierta del Faro del Sur, solo estamos nosotros tres.
Julian sigue de rodillas. No ha dejado de mirar el agua aceitosa donde su padre desapareció. Tiene las manos manchadas de pólvora y el alma hecha jirones. Me acerco a él, sosteniendo a Lucía, que apenas puede mantenerse en pie.
— Julian. Escúchame —le digo, bajando la voz—. La policía de Thorne llegará en cinco minutos. Si les decimos la verdad, si les decimos que Alberto Vane estaba vivo y que tú le disparaste... tu carrera se acaba. El nombre de los Russo y los Vane será arrastrado por el fango. Elena no podrá volver a caminar por la calle sin que le escupan.
Julian levanta la vista. Sus ojos están vacíos.
— ¿Quieres que mienta, Mateo? ¿Tú, el hombre que siempre me echó en cara mi "moral de cristal"?
— No te pido que mientas por ti. Te pido que mientas por ella —señalo hacia la ciudad, donde Elena nos espera—. Deja que el Juez siga siendo el héroe que murió hace tres años. Deja que Volkov sea el único villano de esta noche. Dile a Thorne que entraste aquí para rescatarme a mí y que el líder de los mercenarios cayó al agua en el tiroteo.
Julian mira a Lucía, luego a mí. Finalmente, asiente lentamente. El fiscal íntegro ha muerto en esa sala de máquinas; el hombre que sobrevive es alguien mucho más parecido a mí de lo que él jamás quiso admitir.
ELENA
Estoy en la cocina, apretando una taza de café frío entre las manos. Julian no ha vuelto. Mateo no responde. El silencio de la casa es ensordecedor.
Subo al piso de arriba para ver a los niños, pero paso por el despacho de Julian. La puerta está entreabierta. Hay algo en el suelo, cerca de su escritorio, que brilla bajo la luz de la mañana. Me agacho para recogerlo.
Es una ficha de casino. La reconozco de las historias de juventud de Mateo. Está abierta por la mitad, como si alguien la hubiera forzado.
Mi corazón empieza a latir con una fuerza dolorosa. Dentro de la ficha, hay un pequeño hueco vacío, pero en la alfombra, justo debajo, encuentro lo que cayó de ella: un trozo de papel doblado.
Lo abro.
Es una nota escrita a mano con una caligrafía que conozco perfectamente. Es la caligrafía de mi suegro, Alberto. Pero la fecha es de hace apenas dos meses.
Viktor, el cargamento del Muelle 47 es prioritario. Asegúrate de que los Russo no interfieran. Julian no debe sospechar nada.
Siento que el mundo gira sobre su eje. Mis piernas ceden y me siento en el suelo, con la nota temblando en mis manos. Julian me dijo que su padre era un santo. Mateo me dijo que el pasado estaba enterrado.
— Me han estado mintiendo —susurro, y las lágrimas que caen sobre el papel borran la tinta—. Todos me han estado mintiendo.
MATEO
Entramos en el hospital escoltados por Thorne. Julian camina como un autómata, dando declaraciones falsas a los oficiales con una frialdad que me asusta. Ha aprendido a mentir con la misma precisión con la que redactaba sus informes.
Dejo a Lucía en manos de los médicos. Antes de que se la lleven, ella me agarra de la mano.
— Mateo... el Juez no es el único —susurra, con la voz apenas audible por el sedante—. Volkov no se ha ido. Él sabe que la chica de Aethelgard tiene los códigos. Si él no puede tener el poder del Juez, destruirá la fuente.
— No te preocupes por Volkov —le digo, dándole un beso en la frente—. Ahora mismo, el único problema es que Julian y yo podamos mirarnos al espejo mañana por la mañana.
Salgo al pasillo y encuentro a Julian sentado en un banco, con la cabeza entre las manos.
— Lo logramos, Julian —digo, sentándome a su lado—. El secreto está a salvo.
Julian levanta la cabeza. Su teléfono está vibrando en su regazo. Es un mensaje de Elena. Solo tiene tres palabras:
"Sé quién era".
Miramos el teléfono como si fuera una granada a punto de estallar. El pacto de silencio ha durado exactamente veinte minutos.