Cenizas sobre el mármol
MATEO
Las puertas automáticas del hospital se abren con un siseo que suena a guillotina. Veo aparecer a Elena. No camina, avanza. No trae el rostro descompuesto por la preocupación que esperaba; sus ojos están secos, fijos y cargados de un odio que nunca le había visto. Ni siquiera cuando me enviaron a prisión.
Julian se levanta del banco, intentando componer su máscara de fiscal protector.
— Elena, gracias a Dios. Ha sido una noche terrible, pero Mateo y Lucía están...
— Cállate, Julian —su voz es un látigo. Se detiene a dos metros de nosotros, sacando el papel arrugado del bolsillo de su abrigo—. He estado en tu despacho. He encontrado esto.
Julian palidece. Intenta alcanzar el papel, pero ella retrocede, fulminándolo con la mirada.
— "Dile a Julian que no sospeche nada" —lee ella, y su voz tiembla por primera vez—. Mi suegro. El hombre que me llevó al altar cuando tú, Mateo, estabas en una celda. El hombre que besaba a mis hijos cada domingo. Estaba usando este puerto para mover veneno. Y ustedes lo sabían.
— No lo sabíamos todo, El —intento dar un paso hacia ella, pero Elena me señala con el dedo, como si fuera un criminal—. Lucía me lo contó anoche. Solo queríamos protegerte.
— ¡¿Protegerme?! —Elena suelta una carcajada amarga que hace que las enfermeras se giren—. Me han dejado vivir en una mentira de cristal mientras mi hermano se jugaba la vida y mi marido construía su fama sobre los crímenes de su padre. ¡Me han tratado como a una idiota!
JULIAN
Siento que el suelo desaparece bajo mis pies. El peso de la placa en mi bolsillo me quema. He disparado a mi padre hace apenas dos horas y ahora estoy perdiendo a mi mujer.
— Elena, mi padre está muerto —digo, y la mentira me sabe a ceniza—. Cayó al agua durante el tiroteo con los hombres de Volkov. Él... él era el hombre que movía los hilos. Intenté arrestarlo, lo juro.
— ¿Y por qué no hay un informe oficial? —pregunta ella, acercándose a mí hasta que nuestras frentes casi se tocan—. ¿Por qué Thorne está diciendo en la radio que el líder de los mercenarios fue "abatido por un tirador desconocido"? ¿Por qué no dices su nombre, Julian? ¿Tienes miedo de que tu carrera se hunda con su cadáver?
— Lo hicimos por los niños —suelto, desesperado—. Si el mundo sabe que Alberto Vane era un criminal, nuestros hijos llevarán esa mancha para siempre.
Elena me mira con una decepción tan profunda que preferiría que me hubiera disparado.
— Los niños sabrán que su abuelo fue un monstruo, pero que su madre no fue una cómplice. Si no sales ahí fuera y cuentas la verdad, Julian... si no dejas de ser un cobarde que protege un apellido podrido, no vuelvas a casa. Jamás.
MATEO
Miro a mi hermana y luego a Julian. La brecha es total. Elena está dispuesta a quemarlo todo con tal de no vivir en una mentira. Pero antes de que Julian pueda responder, veo algo por la ventana del pasillo que me detiene el corazón.
Un grupo de furgonetas negras, sin luces, está entrando en el aparcamiento de urgencias. No son de la policía. Reconozco el movimiento táctico, la forma en que los hombres bajan con subfusiles bajo las gabardinas.
— El drama familiar tendrá que esperar —digo, agarrando a Elena del brazo y empujándola hacia el interior del pasillo—. Volkov está aquí. Y no viene a hablar.
— ¡Suéltame, Mateo! —grita ella.
— ¡Elena, escúchame! —le ruge Julian, sacando su arma reglamentaria—. ¡Nos han encontrado!
El primer estallido de una granada aturdidora rompe los cristales de la entrada principal. El hospital, un lugar de curación, está a punto de convertirse en un matadero. La verdad tendrá que esperar a que sobrevivamos a la venganza.