Código Negro
MATEO
El estruendo de la granada aturdidora todavía me hace zumbar los oídos. El humo blanco inunda la recepción, y a través de los cristales rotos veo las siluetas de los hombres de Volkov entrando en formación de "V". Son profesionales: movimientos cortos, armas silenciadas, comunicación por radio.
— ¡Julian, llévatelas a la planta de oncología! —ruge mi voz, casi inaudible por el caos—. Es la única zona con puertas reforzadas y acceso restringido por tarjeta.
— ¿Y tú? —Julian se ha parapetado tras un mostrador de mármol, apuntando con su pistola con una firmeza que me sorprende.
— Yo voy a ser el ruido. ¡Corre!
Empujo a Elena y a Lucía hacia las escaleras de emergencia. Elena me mira por un segundo, y en sus ojos ya no hay reproche, solo un terror primario que la hace obedecer. Julian las sigue, cubriendo su retaguardia.
Me quedo solo en el pasillo principal. Saco un extintor de la pared y lo arrojo al suelo, disparándole con la pistola que le quité al guardia en el muelle. Una nube de polvo químico inunda el pasillo, cegando temporalmente a los dos primeros mercenarios que asoman.
Aprovecho la confusión. Me lanzo sobre el primero, golpeando su tráquea con el borde de la mano y arrebatándole el subfusil MP5. El segundo intenta girar el arma, pero le estampo la cabeza contra la máquina de café. La sangre mancha el cristal de los snacks.
— Aquí Russo —digo por el comunicador del mercenario—. He neutralizado a dos. El objetivo se mueve hacia arriba. Venid a por mí, hijos de perra.
JULIAN
Estamos en el cuarto piso. Mis pulmones arden. Lucía cojea y Elena la sostiene, sus caras son máscaras de sudor y pánico.
— Julian, hay alguien en el hueco de la escalera —susurra Elena, señalando hacia arriba.
Escucho pasos metálicos. No es Mateo. Es alguien bajando desde la azotea. Volkov nos ha rodeado: un equipo sube y otro baja. Estamos atrapados en un sandwich de acero.
— Entra en la sala de suministros. ¡Ahora! —les ordeno.
Cierro la puerta pesada y pongo el cerrojo. Mi mano tiembla mientras cambio el cargador. Nunca pensé que mi conocimiento de balística pasara de los informes periciales a esto.
De pronto, un soplete empieza a cortar la cerradura desde fuera. Las chispas saltan hacia nosotros.
— Elena —digo, mirándola fijamente—. Si no salimos de esta... quiero que sepas que mataría a mi padre mil veces más con tal de que tú estuvieras a salvo.
Elena no responde con palabras. Me quita el arma de reserva que llevo en el tobillo —una que ni ella sabía que tenía— y la amartilla con un clic seco.
— Menos discursos, Julian. Más disparos.
La puerta cede.
MATEO
He subido por el hueco del ascensor, trepando por los cables hasta el tercer piso. El dolor en mi costado es una llamarada, pero la adrenalina es un anestésico poderoso.
Salgo al pasillo justo a tiempo para ver a Volkov. Está parado frente a la sala de suministros, observando cómo sus hombres derriban la puerta. No lleva máscara. Su rostro es de una arrogancia absoluta.
— ¡VOLKOV! —grito desde el fondo del corredor.
Él se gira lentamente, con una sonrisa gélida.
— El perro del puerto que no sabe morir. Me has costado mucho dinero, Russo. Pero hoy, tu familia pagará la deuda.
Levanto el subfusil, pero Volkov es más rápido. Se parapeta tras una camilla de acero y sus hombres abren fuego. Las balas destrozan las paredes de yeso a mi alrededor, convirtiendo el hospital en una lluvia de escombros y polvo.
Es una guerra de desgaste, y yo me estoy quedando sin munición.