El pasado vuelve

Capitulo 19

El eco de la sangre

MATEO

​El subfusil hace un clic seco. Sin munición. Lanzo el arma vacía contra el mercenario más cercano y saco mi vieja navaja. El pasillo es una nube de polvo de yeso y olor a desinfectante. A través de la bruma, veo a Volkov retroceder hacia la sala de suministros.

​— ¡JULIAN, AHORA! —ruge mi voz, desgarrando mi garganta.

​No es un grito de guerra, es una señal que ensayamos mil veces en el patio trasero de nuestra casa cuando éramos niños y jugábamos a atrapar sombras.

JULIAN

Escucho el grito de Mateo a través de la puerta que acaba de ceder. Los hombres de Volkov entran, pero no me encuentran de frente. Estoy tumbado en el suelo, bajo una mesa de acero, con el arma apoyada en el soporte.

​Disparo tres veces. Tres impactos limpios en las piernas de los que encabezan la fila. El caos es inmediato. Los mercenarios no esperaban que el "fiscalito" supiera usar la cobertura.

​— ¡ABAJO! —le grito a Elena y Lucía.

​En ese instante, la pared lateral de la sala —que comunica con el pasillo de servicio— estalla. No por una bomba, sino por el peso de Mateo, que atraviesa el pladur usando una camilla pesada como ariete humano.

MATEO

​Entro en la sala como un huracán de metal y furia. Caigo rodando y, antes de que el mercenario que apunta a Julian pueda reaccionar, le clavo la navaja en el hombro y lo uso como escudo humano.

​Julian se pone en pie. Nos miramos por una fracción de segundo. No hay leyes, no hay rencores, no hay mentiras. Solo hay dos hermanos Russo haciendo lo que mejor saben hacer: sobrevivir.

— ¡Tú a la izquierda, yo a la derecha! —ordeno.

​Nos movemos en una pinza perfecta. Julian dispara con precisión quirúrgica, cubriendo mis avances, mientras yo me muevo entre las sombras de los estantes de medicamentos, eliminando a los hombres de Volkov con la brutalidad que el puerto me enseñó. Somos una máquina de guerra de dos cabezas.

Elena, desde el suelo, le lanza un extintor a un mercenario que intenta flanquearme, dándome el segundo justo para noquearlo. Es una carnicería coordinada.

​Finalmente, el silencio vuelve a la sala, solo roto por el siseo de un tanque de oxígeno perforado. Volkov ha desaparecido por la puerta trasera del almacén.

JULIAN

​Me limpio la sangre de la mejilla con la manga del traje destrozado. Miro a Mateo. Él está apoyado contra la pared, respirando con dificultad, con la mano presionando su costado herido.

​— No ha sido un mal movimiento, cuñado —dice Mateo, intentando sonreír a pesar del dolor.

​— Aprendí del mejor —respondo, bajando el arma. Pero mi mirada se desvía hacia Elena, que está de pie, temblando pero con el arma de reserva todavía firme en sus manos—. Elena...

Ella no nos mira. Mira hacia la puerta por donde escapó Volkov.

— Se ha llevado a la chica —dice Elena, y su voz es de acero—. Mientras ustedes jugaban a los soldados, Volkov la sacó por el conducto de carga. No ha terminado, Julian.

​Miro hacia el pasillo. La chica de Aethelgard, la llave de todo el imperio de mi padre, está otra vez en manos del enemigo. Y lo peor es que, en medio del tiroteo, he visto algo en su rostro que no me gusta. No tenía miedo. Tenía una sonrisa.




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