El último rastro de pólvora
MATEO
El sonido de las sirenas se acerca por la avenida costera. Julian me mira, con la tablet todavía en la mano y el peso del mundo en sus hombros. Los dos sabemos lo que significa ese pitido digital: mi historial está en sus servidores. Los robos de carga, las peleas en los muelles, los contactos con Sterling... todo está ahí.
— Vete, Mateo —dice Julian, sin mirarme—. Los refuerzos de Thorne están a dos minutos. Si te quedas, no podré hacer nada por ti. Esta vez, la ley no tiene zonas grises.
— No me voy a ir mientras ese maldito siga respirando el aire de mi puerto —señalo hacia la lancha rápida que ya se aleja, cortando las olas oscuras—. Volkov tiene el dinero y tiene las rutas. Si sale de la bahía, desaparecerá en aguas internacionales y todo esto habrá sido para nada.
— ¡Ya le hemos quitado su protección! —insiste Julian—. ¡Deja que la guardia costera lo haga!
— La guardia costera tarda veinte minutos en reaccionar. Yo tardo treinta segundos.
No espero su respuesta. Me lanzo al agua desde el borde del muelle. El frío me golpea como un muro de cemento, pero la rabia me mantiene caliente. Nado hacia la moto de agua de patrulla que los mercenarios dejaron encendida junto a la escalera de servicio.
Monto en ella y arranco el motor. El rugido es música para mis oídos.