El pasado vuelve

Capitulo 24

El efecto dominó

MATEO

El fuego de la lancha de Volkov ilumina el cielo nocturno, pero no siento victoria. Siento que he abierto una puerta que no podré cerrar. Nadando de regreso a un muelle apartado, veo las noticias en una pantalla gigante de una tienda de electrónica frente a la costa.

​Los archivos están filtrándose en tiempo real. Veo la cara de Alberto Vane en todos los canales. Pero entonces, sucede algo que no estaba en el plan.

— "Urgente: El sistema de la Red Eléctrica Nacional y el Banco Central están sufriendo un colapso masivo tras la filtración de los archivos de Aethelgard".

Me detengo, empapado y tiritando. El virus de la chica no solo iba a borrar datos; estaba diseñado para colapsar la infraestructura si alguien intentaba detenerlo. Julian y yo no salvamos la verdad, activamos una bomba de tiempo económica. La ciudad está empezando a oscurecerse, barrio por barrio.

JULIAN

Estoy en mi despacho, rodeado de agentes federales que ya no me miran como a un fiscal, sino como a un sospechoso. El jefe de la policía, un hombre que solía jugar al golf con mi padre, me pone una mano en el hombro. Su presión es excesiva.

​— Julian, has hecho un desastre. Esos archivos que liberaste... han expuesto operaciones de inteligencia extranjera. No solo has hundido a tu padre, has puesto en peligro la seguridad nacional.

​— La verdad no tiene fronteras, Comisionado —respondo, aunque mi voz suena hueca.

​— Quizás. Pero ahora, alguien tiene que pagar por el apagón y el pánico en las calles. Y como Mateo Russo ha "desaparecido", tú eres la única cara que nos queda para culpar.

​Me quita la placa del pecho. No es un proceso legal; es una ejecución política.

— Estás suspendido, Vane. Y reza para que tu cuñado no aparezca, porque la orden ahora es de disparar a matar.

ELENA

Estoy en casa de mi madre, con los niños durmiendo en la habitación de al lado. Las luces parpadean y finalmente se apagan. El silencio que sigue es aterrador.

Recibo una llamada. No es de Julian, ni de Mateo. Es un número privado.

​— "Hola, Elena" —la voz es distorsionada, metálica—. "Tu marido y tu hermano creen que el juego terminó porque el Juez cayó al agua. Pero Alberto solo era el cajero. El banco sigue abierto, y ahora tú tienes la llave".

​— ¿Quién eres? —pregunto, apretando el teléfono contra mi oreja.

​— "Soy quien pagó la carrera de tu marido. Soy quien compró el silencio de tu hermano en la cárcel. Y si quieres que tus hijos despierten mañana, vas a ir al sótano de la mansión Vane y vas a buscar el maletín rojo que tu suegro escondió tras la caldera. No llames a nadie. Si vemos una patrulla, la ciudad no será lo único que se quede a oscuras".

MATEO

​Llego al taller de Javi. Está desierto. Las herramientas están por el suelo y hay señales de lucha. En la pared, escrito con spray negro, hay un mensaje directo para mí:

​"LA VERDAD CUESTA MÁS DE LO QUE PUEDES PAGAR, RUSSO. CAPÍTULO 2: EL CONSORCIO".

​Me doy cuenta de que Volkov era solo un peón. El Juez era el alfil. Y yo acabo de declararles la guerra a los reyes. Saco mi navaja, la única amiga que me queda, y me oculto en las sombras del taller mientras escucho el helicóptero de la policía sobrevolando mi cabeza.

​La cacería no ha terminado. Acaba de volverse global.




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