Prólogo: Lo que los mortales cantan
Antes de que el Olimpo temblara, antes de que los Titanes volvieran, antes de que el Inframundo conociera la piedad, hubo una muchacha.
Los bardos la llaman de muchos modos: La Niña Hueca, La Que Ardió sin Llama, La Novia del Dios Muerto. En las tabernas de Atenas, los borrachos tararean coplas sobre su cabello indomable. En Esparta, las madres la invocan para proteger a sus hijas. En las islas más remotas, los pescadores lanzan ofrendas al mar cada solsticio de invierno, porque creen que su espíritu duerme bajo las olas.
Pero nadie recuerda su rostro.
Nadie puede dibujarlo.
Porque sus ojos no vieron jamás, y sin embargo, fue ella quien miró de frente a la oscuridad y no parpadeó.
Esta es su historia. La verdadera. La que los dioses quisieron borrar y que solo el eco del Inframundo conserva.