El Pecado de los Dioses

La que nació sin Nada

Capítulo 1: La que nació sin nada

El orfanato de Corinto apestaba a col agria y a pañales viejos.

Allí llegó Esmerith una noche de invierno, envuelta en una manta que no era suya, con el cordón umbilical aún sin cortar del todo. Su madre había muerto en el parto, en el portal de una taberna, sin un nombre que legarle ni una moneda que dejarle.

La matrona que la recibió dijo que la niña no lloró al nacer. Abrió los ojos —negros, demasiado negros—, miró el techo de paja y se quedó en silencio, como si ya supiera que no había nada en ese mundo que mereciera un llanto.

Pasaron los años.

Esmerith creció como crecen las plantas en suelo envenenado: despacio, torcida, con las hojas pálidas.

Nunca tuvo un amigo. Los otros niños la evitaban sin saber por qué; decían que al pasar junto a ella el aire se enfriaba, que su mirada los vaciaba. Las monjas la castigaban por "malas energías". El único hombre que mostró interés en adoptarla, un comerciante de pieles, cambió de opinión después de que ella pasara una noche en su casa y amaneciera con los labios amoratados y fiebre.

—Esa niña está maldita —susurró el hombre a la madre superiora.

No sabía cuánta razón tenía.

A los doce años, Esmerith ya había trabajado en cinco lugares distintos. Siembre la despedían. En la panadería, el pan se quemaba cuando ella estaba cerca. En el telar, las agujas se rompían. En la fonda, los clientes perdían el apetito con solo verla acercarse con el agua.

Y el agua... el agua era lo peor.

Porque cada vez que bebía, su estómago se revolvía y devolvía el líquido con la fuerza de un vómito seco. Cada vez que comía, el pan o la fruta volvían a su plato en pedazos ácidos. Las monjas la llevaron al médico del pueblo, y el médico dijo:

—No tiene nada físico. Su cuerpo simplemente rechaza el sustento.

Lo que no dijo, porque no podía saberlo, es que eso era obra de una diosa.

Hera, esposa de Zeus, había puesto su primera maldición sobre Esmerith el día que nació, aunque la niña aún no lo sabía.

*—Que nunca pueda disfrutar de los placeres de la vida —había dictado Hera desde el Olimpo, con los dientes apretados—. Que el pan le sepa a ceniza, que el agua le queme la garganta, que el sueño nunca la encuentre por completo.*

Y así fue.




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