Capítulo 2: El origen del odio (lo que Esmerith nunca supo)
Para entender la historia de Esmerith, hay que entender una noche que ella no recuerda.
Una noche en que Zeus, aburrido de las nubes y las ninfas, bajó a la tierra disfrazado de pastor.
Encontró a una mujer joven, de cabello rojizo y caderas anchas, lavando ropa en un río. Se llamaba Clío. Era viuda. Estaba sola.
Zeus hizo lo que Zeus siempre hace: la sedujo, la poseyó y la abandonó antes del amanecer.
Clío quedó embarazada. Nueve meses después, murió al dar a luz a una niña que no pedía nacer.
Esa niña era Esmerith.
Zeus nunca la reconoció. Nunca la reclamó. Ni siquiera recordaba su nombre. Pero Hera, su esposa, descubrió la infidelidad —como descubría todas— y esperó. No castigó a Clío (la muerte ya lo había hecho). Castigó a la hija.
*—Que su vida sea un ayuno perpetuo —dijo Hera—. Que nunca conozca la alegría de un bocado caliente ni el consuelo de un sueño profundo.*
Pero esa fue solo la primera maldición.
Porque años después, cuando Esmerith ya tenía diecisiete años y su belleza —a pesar de su delgadez enfermiza, a pesar de su palidez cadavérica— se había vuelto legendaria en Corinto, otros dioses bajaron a la tierra.
No para matarla, como al principio creían.
Bajaron para poseerla.