Capítulo 3: La noche que el Olimpo cayó en el pecado
Fue Poseidón el primero.
La vio en el mercado, comprando un trozo de queso que sabía que vomitaría. Le pareció hermosa de un modo extraño: frágil pero indómita, como una ola antes de romper. Se acercó a ella disfrazado de mercader. Le habló. Ella no respondió más que con monosílabos. Eso lo enfureció y lo excitó a partes iguales.
La tomó esa misma noche, en el almacén detrás del puerto. No hubo violencia física más allá de la sujeción. No hizo falta. Esmerith no luchó. No gritó. No lloró. Se quedó inmóvil, con los ojos abiertos, mientras Poseidón hacía lo que vino a hacer.
Cuando terminó, el dios del mar sintió algo que nunca había sentido: vergüenza.
—No diré nada —murmuró, y desapareció en el agua.
Pero sí dijo algo. Se lo contó a sus hermanos, borracho en una fiesta en el Olimpo. Y sus hermanos sintieron curiosidad.
Apolo fue el siguiente. Luego Ares. Luego Hermes. Luego Hefesto (obligado por Afrodita, que quería verlo humillado). Luego Dionisio.
Uno tras otro, los dioses del Olimpo bajaron a Corinto, violaron a Esmerith y regresaron al monte contándoselo a los demás como si fuera una anécdota divertida.
Solo uno no fue.
Hades.
El dios del Inframundo escuchó las historias en silencio, con la copa en la mano y el ceño fruncido. Cuando Poseidón le preguntó si no quería "probar a la semidiós", Hades se levantó de la mesa y se fue.
—No me divierte lo que no respira por voluntad propia —dijo antes de desaparecer entre sombras.
Esa noche, por primera vez en milenios, Hades sintió algo parecido a la indignación.