El Pecado de los Dioses

Las Esposas Saben

Capítulo 4: Las esposas saben

El Olimpo no guarda secretos para siempre.

Las diosas —Hera, Afrodita, Deméter, Atenea (que aunque virgen no era ingenua), Artemisa (que aunque cazadora no era ciega)— escucharon una conversación privada entre sus esposos. Las palabras exactas se perdieron, pero el contenido sobrevivió:

*"Es más hermosa que cualquier mortal que hayamos visto."*

*"Lloró en silencio, eso fue lo mejor."*

*"La próxima vez que baje, la ataré mejor."*

Las diosas no se indignaron por la violación. Se indignaron por los elogios.

Y así, convocaron un concilio sin dioses. Allí, en lo más alto del Olimpo, dictaron las maldiciones que marcarían a Esmerith para siempre.

**Hera** añadió sobre la primera maldición: *"Que nunca pueda disfrutar de los placeres de la vida. Que el deseo le sea ajeno. Que ni siquiera sepa lo que pierde."*

**Afrodita** añadió: *"Que su cabello sea indomable. Que ninguna trenza lo sujete, que ninguna cinta lo dome, que se enrede como serpientes y ahuyente a quien intente acariciarlo."*

**Atenea** añadió: *"Que sus ojos no vean jamás. Que la luz le sea negada. Que el mundo que sus violadores contemplaron con lujuria se convierta para ella en tiniebla perpetua."*

**Deméter** añadió: *"Que su voz sea vacía. Que ninguna palabra de auxilio salga de su boca. Que su grito se pierda antes de nacer."*

**Artemisa** añadió, con el corazón más duro que su arco: *"Que sus labios sean tóxicos. Que cualquier ser vivo que la bese muera. Que el amor nunca encuentre su boca."*

**Hestia** (la única que dudó, pero que no se atrevió a oponerse) añadió por presión de las demás: *"Que su corazón sea lava. Que arda por dentro sin consumirse. Que el calor que no puede dar al exterior la queme desde adentro."*

**Y la última, la peor, la que ninguna diosa quiso reclamar pero todas suscribieron:** *"Que su piel sea gélida. Que todo lo que toque se enfríe. Que sus abrazos sean tumbas. Que el contacto humano sea para ella un veneno helado."*

Siete diosas. Siete maldiciones.

Cuando terminaron, Esmerith, en su lecho de paja en Corinto, sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. No supo por qué. Nunca lo supo.

Pero su piel, de pronto, estaba más fría que la muerte.




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