Capítulo 5: El encuentro en la sombra
Esmerith tenía diecinueve años cuando conoció a Hades.
Ya era ciega. Ya no podía hablar más que en susurros vacíos. Ya su cabello se enredaba en nudos que parecían vivos. Ya su piel quemaba por dentro y helaba por fuera. Ya sus labios habían matado a un perro callejero que la lamió sin querer.
Vivía en un cobertizo abandonado, detrás del cementerio de Corinto. Nadie la visitaba. Nadie la recordaba. Los dioses se habían aburrido de ella y no habían vuelto.
Una noche, sintió un calor diferente.
No era el calor de su corazón de lava. Era un calor que venía de fuera, de alguien que se acercaba. Y no sentía miedo. Eso era lo extraño.
—No te asustes —dijo una voz grave, que no temblaba—. No soy como ellos.
Ella intentó hablar, pero su voz vacía apenas emitió un susurro inaudible.
—Ya sé quién eres —dijo la voz—. Ya sé lo que te hicieron. Y sé lo que las diosas te hicieron después.
Esmerith inclinó la cabeza. ¿Quién podía saber todo eso?
—Soy Hades —dijo él, como si adivinara su pregunta—. El único que no bajó a verte. El único que no quiso.
Ella extendió una mano. Su piel gélida tocó el brazo de él. Esperó que él se apartara, como todos.
Pero Hades no se apartó.
—Tu piel está fría —dijo—. Pero no me importa.
Por primera vez en diecinueve años, Esmerith sintió algo que no era dolor ni náusea ni vacío.
Sintió curiosidad.