El Pecado de los Dioses

El Inframundo como Hogar

Capítulo 7: El inframundo como hogar

Hades llevó a Esmerith al Inframundo.

No fue un viaje fácil. La piel gélida de ella enfriaba las sombras. Su corazón de lava amenazaba con derretir las estalactitas. Sus labios tóxicos hacían retroceder a las almas errantes. Pero Hades no se quejó. Medusa tampoco.

Allí, en el reino de los muertos, Esmerith encontró algo que nunca había tenido: paz.

Porque en el Inframundo no hay placeres que disfrutar, así que la maldición de Hera no pesaba tanto. Porque nadie miraba su cabello indomable (los muertos no miran nada). Porque su ceguera no importaba en un reino donde la luz nunca llega. Porque su voz vacía no necesitaba llenarse. Porque nadie intentaba besar sus labios tóxicos. Porque su corazón de lava mantenía caliente el trono de Hades. Y porque su piel gélida, en el frío eterno del Inframundo, casi pasaba desapercibida.

Hades se enamoró de ella.

No de su belleza (que ya no veía nadie). No de su cuerpo (que él nunca tocó sin permiso). Se enamoró de su silencio. De su forma de inclinar la cabeza cuando escuchaba. De cómo, sin poder verlo, siempre sabía exactamente dónde estaba él.

—Eres lo único que no teme a mi reino —le dijo una noche, sentados juntos en el trono de ébano—. Eres lo único que lo hace menos vacío.

Esmerith no pudo responder con palabras, pero apoyó su frente en la mano de él. Su piel gélida contra la mano de un dios. Y él no se apartó.

Fue el primer amor de Hades. Y el único que lo hizo fuerte.

Porque antes de Esmerith, Hades era un dios olvidado, un administrador de almas, un hermano al que nadie invitaba a las fiestas. Después de Esmerith, Hades aprendió a querer. Y el que aprende a querer, aprende también a defender.

Cuando Zeus se enteró de que su hermano había acogido a la semidiós, montó en cólera. Exigió que la entregara. Hades, por primera vez en su existencia eterna, dijo:

—No.

Zeus envió a Hermes con amenazas. Hades no tembló. Envió a Ares con cadenas. Hades lo devolvió con la armadura abollada. Envió a Atenea con argumentos. Hades le recordó que ella había maldecido los ojos de Esmerith, y Atenea, por una vez, no supo qué responder.

—Es mía —dijo Hades—. Y mientras yo gobierne el Inframundo, ningún dios del Olimpo pondrá un dedo sobre ella.

Esa fue la primera vez que los olímpicos miraron a Hades con respeto.




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