Capítulo 8: La grieta en el cielo
Pero el amor no bastó para detener lo que venía.
Kronos, el padre de los dioses, seguía encerrado en el Tártaro. Pero su prisión se debilitaba. Cada siglo, las cadenas que los cíclopes habían forjado se aflojaban un poco más. Y Kronos, desde el abismo, tejía su venganza.
Envió a los Titanes.
No todos. Solo los más poderosos. Siete.
**Kronos eligió a sus mejores armas:**
1. **Lujuria** — un titán sin forma fija, que se infiltraba en los deseos de los mortales y los volvía adictos a su propia destrucción.
2. **Destructor** — un gigante de roca y furia, cuyos puños podían derribar montañas.
3. **Segador** — un espectro de luz cegadora, que cortaba almas con una guadaña hecha de sol líquido.
4. **Aire** — un titán transparente que se movía como huracán y asfixiaba ciudades enteras.
5. **Agua** — una masa oceánica con voluntad propia, que ahogaba puertos y corrompía ríos.
6. **Fuego** — un volcán ambulante, que vestía de magma y dejaba cenizas donde pisaba.
7. **Hielo** — una bestia de escarcha, que congelaba el tiempo y la vida en un radio de cien estadios.
Los siete Titanes emergieron del Tártaro el mismo día. La tierra tembló. El cielo se partió en dos.
El Olimpo se preparó para la guerra. Pero los dioses eran pocos. Y los Titanes, además de poderosos, eran inmortales.
—Vamos a perder —susurró Zeus, por primera vez en su vida.
Hades, en el Inframundo, sintió la grieta. Y supo que su reino también caería si Kronos escapaba.
Fue entonces cuando Esmerith, ciega, muda de palabras pero no de voluntad, se puso de pie.
—Llevadme —dijo con su voz vacía, y esta vez Hades la entendió.
—No —respondió él.
Ella apoyó su mano gélida en el pecho de Hades.
—Es la única forma. Mi cuerpo es maldición. Mis maldiciones pueden enfrentarse a sus poderes.
—Morirás —dijo Medusa, que había estado en silencio.
—Ya estoy muerta —respondió Esmerith—. Solo que nadie se había dado cuenta.