Capítulo 9: La batalla que los dioses perdieron
El valle de Tempe, que una vez fue verde y cantarín, se había convertido en una herida humeante.
Allí se enfrentaron los dioses del Olimpo contra los siete Titanes liberados por Kronos. Y allí, los dioses conocieron la palabra que jamás habían pronunciado: **derrota**.
**Zeus** lanzó sus rayos contra el Titán del Aire. Pero el Aire absorbió las descargas y las devolvió convertidas en tornados. Zeus cayó de rodillas, con la barba chamuscada y el cetro partido.
**Poseidón** invocó olas del tamaño de montañas contra el Titán del Agua. Pero el Agua era más antiguo que Poseidón, más profundo, más salvaje. Las olas del dios se volvieron contra él, y Poseidón huyó arrastrando su tridente roto.
**Ares** cargó contra el Destructor con su lanza divina. El Destructor lo atrapó al vuelo y lo estampó contra un acantilado. Ares quedó enterrado entre las rocas, inconsciente, con su armadura convertida en chatarra.
**Atenea** trazó estrategias perfectas contra el Segador. Pero el Segador no seguía estrategias; seguía instintos más viejos que la sabiduría. Cortó el escudo de Atenea, luego su lanza, luego casi su brazo. La diosa retrocedió sangrando por primera vez en milenios.
**Apolo** disparó flechas de luz contra el Hielo. Las flechas rebotaron. El Hielo avanzó, y su aliento congeló el carro del sol. Apolo huyó a pie, con los pies amoratados.
**Artemisa** y sus cazadoras rodearon al Fuego. Lanzaron redes de plata. El Fuego las derritió. Lanzaron jabalinas encantadas. El Fuego las volvió ceniza. Las cazadoras corrieron despavoridas, y Artemisa, por primera vez, lloró de rabia.
**Hermes** intentó infiltrarse en las líneas enemigas. La Lujuria lo atrapó antes del primer paso. Lo envolvió en un sueño de deseos prohibidos, y el mensajero quedó tirado en el suelo, sonriendo babeante, perdido en un placer falso.
En una hora, los dioses del Olimpo estaban derrotados.
Zeus, desde el suelo, miró al cielo roto y supo: **Kronos iba a escapar**.
—Humanidad —susurró—. Lo siento.
Porque los dioses, en su egoísmo, habían olvidado algo: la humanidad no era solo el escenario de su guerra. Era lo que estaban protegiendo. O deberían haber protegido.
Pero ya era tarde.
****La que fue rechazada****
En el Inframundo, Esmerith sintió la derrota.
No con los ojos (ciegos). No con los oídos (sordos a la distancia). Lo sintió con su corazón de lava, que latió más rápido, más caliente, más furioso.
—Están perdiendo —dijo con su voz vacía.
Hades, que estaba a su lado, asintió aunque ella no podía verlo.
—Sí.
—Si Kronos escapa —continuó Esmerith—, no solo caerá el Olimpo. Caerá todo. Los mortales. Las ciudades. Los niños que aún no nacen. Los ancianos que rezan a dioses que ya no pueden salvarlos.
Hades guardó silencio. Luego, con una dureza que no pretendía:
—Los mortales te odiaron, Esmerith. Te echaron del orfanato. Te escupieron en la calle. Te llamaron bruja, endemoniada, maldita. Cuando los dioses abusaron de ti, nadie te defendió. Cuando las diosas te maldijeron, nadie intercedió. ¿Por qué habrías de salvarlos?
Esmerith se quedó quieta.
Toda su vida había sido una larga lista de rechazos. La niña a la que nadie adoptó. La adolescente a la que ningún empleador retuvo. La joven a la que ningún vecino ayudó. La ciega, la muda de palabras, la de piel gélida, la de labios mortales.
La humanidad la había odiado.
Pero Esmerith, en el silencio de su corazón de lava, recordó algo que Hades no sabía.
Recordó a una niña en el orfanato. Una niña de cinco años, más pequeña que ella, que un día se acercó y le ofreció medio pan. No dijo nada. Solo le sonrió. Y cuando Esmerith devolvió el pan vomitado (por la maldición de Hera), la niña no se asustó. Limpió el suelo con su propia falda y le dijo:
—No importa. Mañana te traigo otro.
Esa niña no era especial. No era heroína. Era solo una niña que un día fue amable con la que nadie quería.
Y si esa pequeña existía, pensó Esmerith, entonces existían más como ella. Campesinos que dejaban ofrendas en los templos sin saber por qué. Esclavos que cantaban canciones de esperanza en las minas. Viejas que curaban a los enfermos con hierbas y rezos. Gente que, a pesar de todo, seguía siendo buena.
—No salvo a los que me odiaron —dijo Esmerith, levantándose—. Salvo a los que nunca conocí. A los que no tuvieron tiempo de odiarme. A los que vendrán después y no sabrán mi nombre, pero podrán vivir porque yo morí.
Hades quiso detenerla.
Pero Esmerith era, por primera vez en su vida, imparable.
—Llevadme al valle —ordenó—. Voy a hacer lo que los dioses no pudieron.