El Pecado de los Dioses

El Sacrificio

Capítulo 10: El sacrificio

La batalla final no fue en el Olimpo. Fue en un valle desierto, entre dos montañas, donde el cielo goteaba sangre de Dioses.

Esmerith caminó hacia ellos sola. Hades quiso acompañarla. Medusa quiso petrificar a todos. Pero Esmerith negó con la cabeza.

—Si me tocan, morirán. Si me besan, también. Si me miran, no verán nada. Si me oyen, no oirán nada. Estoy hecha para esto.

Cuando Esmerith pisó el valle de Tempe, los dioses derrotados levantaron la vista.

—¿Ella? —bufó Ares desde su lecho de rocas—. ¿La semidiós maldita? ¿Qué va a hacer? ¿Congelarlos con su mirada? Ah, no, que es ciega.

Zeus, más sabio por la derrota, no dijo nada. Solo observó.

Esmerith avanzó sola. Su cabello indomable flotaba en el aire sin viento. Su piel gélida dejaba una estela de escarcha en la hierba quemada. Su corazón de lava latía tan fuerte que se veía un resplandor rojo bajo su túnica.

Los Titanes se giraron hacia ella.

Y entonces ocurrió.

El titán **Fuego** avanzó primero, con sus manos de magma. Quiso quemarla. Pero la piel gélida de Esmerith extinguió las llamas. El fuego se apagó contra ella como una ola contra un acantilado. Fuego cayó de rodillas, humeante, derrotado.

El titán **Hielo** la envolvió en una tormenta de escarcha. Quiso congelar su corazón. Pero el corazón de lava de Esmerith derritió el hielo desde adentro. Hielo se quebró en mil pedazos como un lago en primavera.

El titán **Agua** la rodeó en un remolino mortal. Quiso ahogarla. Pero ella, con sus labios tóxicos, besó el agua. El veneno se extendió por cada gota. Agua se contaminó, se volvió negra, se evaporó en agonía.

El titán **Aire** rugió contra ella con la fuerza de un huracán. Quiso arrancarle el aliento. Pero ella abrió su voz vacía y aspiró todo el viento. El vacío de su voz succionó el aire, las nubes, el silencio mismo. Aire implosionó en un gemido sordo.

El titán **Segador** la atacó con su guadaña de luz cegadora. Quiso cortar su alma. Pero los ojos de Esmerith, que no veían jamás, absorbieron la brillantez del Segador como un espejo negro. El titán se deslumbró a sí mismo y se deshizo en partículas.

El titán **Destructor** levantó sus puños para aplastarla. Quiso reducirla a polvo. Pero las gruesas hebras de su cabello indomable se enredaron en sus brazos, en su cuello, en sus mandíbulas. El Destructor se debilitó mientras lo ahorcaban sus propios movimientos, y cayó convertido en grava.

Y el último titán, **Lujuria**, el más astuto, el que no atacaba con fuego ni con hielo sino con deseo, se acercó a ella en forma de Hades. Le ofreció un beso. Le ofreció un abrazo. Le ofreció todo lo que ella nunca había podido tener.

Esmerith sonrió.

—No puedes darme nada que yo pueda disfrutar —dijo—. La primera maldición lo impide.

Y Lujuria, al saber que jamás podría tocar el corazón de alguien que no conocía los placeres de la vida, se retorció en agonía y murió...

Cuando el último Titán cayó, el valle de Tempe quedó en un silencio absoluto.

Los dioses, derrotados y humillados, se pusieron de pie lentamente. Miraron a Esmerith. Esperaban ver en ella orgullo, o venganza, o al menos un reproche. Pero no lo hubo...

Siete Titanes. Siete maldiciones.

Y Esmerith, de pie en medio del valle arrasado, sintió que su cuerpo comenzaba a deshacerse.




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