Una mañana de sábado durante el verano, en algún lugar de la ciudad.
La mañana era de esas que prometían calor desde temprano. Verano instalado sin pedir permiso. Melissa no iba a la convención por entusiasmo, ni siquiera estaba del todo segura de qué se suponía que debía interesarle ahí dentro. Aceptó acompañar a Óscar después de semanas de insistencia y porque había decidido que ese verano haría cosas que normalmente no hacía, aunque no tuviera claro a dónde la llevarían. Le parecía una forma razonable de salir de sí misma sin comprometerse demasiado.
El centro expositor estaba lleno desde el estacionamiento. Voces superpuestas, filas que no parecían avanzar, gente cargando bolsas con imágenes que no reconocía. Aparcó la camioneta, se bajó y revisó la hora: diez veinte. Saltarse el desayuno no había servido de nada. Seguía tarde. Como casi siempre. El estómago se lo recordó con una punzada breve, poco amable.
Caminó hacia una máquina expendedora que vio desde lejos. Necesitaba algo rápido, cualquier cosa. Delante de ella había un solo hombre. Llevaba varios minutos ahí. No parecía indeciso, sino enfrentado, como si la máquina fuera un adversario digno. Presionaba los botones con paciencia tensa, insistente.
Era alto, no delgado pero tampoco robusto, fuerte. Vestía de manera simple, casi distraída: camiseta oscura, jeans gastados, botas. Tenía el cabello castaño, ligeramente revuelto, y una barba de varios días que no parecía descuido sino cansancio aceptado. Había algo en su postura —los hombros apenas vencidos hacia adelante, el peso cargado en una pierna— que hablaba de alguien acostumbrado a esperar y a irse.
—¿Funciona? —preguntó Melissa, sin demasiada expectativa
Él giró apenas la cabeza.
—Eso pensé —dijo—, pero estoy a punto de abandonar toda esperanza.
El acento norteamericano era claro. El español, no del todo. La sorpresa le arrancó a ella una sonrisa involuntaria.
—Tal vez si dejas de provocarla y simplemente la pateamos —dijo, señalando la máquina—, se apiade de ambos.
Él la miró por primera vez con atención real. No fue una mirada rápida. Fue medida, curiosa, como si evaluara si la sugerencia era una broma o una posibilidad legítima.
—¿Es una técnica local?
—Una desesperada.
Melissa notó entonces sus ojos: claros, atentos, con una mezcla rara de cansancio y humor. No la miraban como a alguien que acababa de llegar, sino como a alguien que ya estaba ahí.
—No eres de por aquí, ¿cierto? —añadió ella.
—¿Es tan obvio?
—Tú de ese lado —indicó, no ignorando su pregunta, sino obviando su respuesta. Se acomodó del lado opuesto, lista.
Patearon la máquina casi al mismo tiempo. El golpe resonó más fuerte de lo esperado y por un segundo Melissa pensó que alguien vendría a llamarles la atención.
Entonces la máquina cedió.
Primero cayó un paquete.
Luego otro.
Y otro más.
El hombre se agachó con sorpresa genuina, recogiendo los dulces como si no estuviera seguro de merecerlos.
—Esto es un robo —dijo—. Voy a meterme en problemas.
—Ya los tenías con tu estómago —respondió ella.
Soltó una risa breve, seca, que le cambió por completo el rostro. Se incorporó con los brazos llenos.
—Toma —dijo, ofreciéndole algunos—. Justicia distributiva.
Melissa negó con la cabeza.
—Yo solo quería esas dos barritas —señaló el interior casi vacío.
Él la observó un segundo más, como si entendiera algo que no necesitaba decir.
—Tal vez hoy no obtengas exactamente lo que quieres.
—Eso parece.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue funcional. Un silencio que no pedía ser llenado.
—Norman —dijo él al fin, extendiendo la mano, como si fuera un trámite más del día.
—Melissa.
Su mano era cálida, firme sin imponerse. El contacto fue breve, pero suficiente para registrarse.
El teléfono de ella vibró. Óscar. No contestó.
—Debo irme —dijo.
—Yo también —respondió él—. Antes de que alguna cámara me delate por haber saqueado la máquina.
Ella sonrió.
—¿Hasta nunca?
Norman ladeó apenas la cabeza.
—Probablemente.
Se separaron sin promesas, sin intercambio de expectativas. Melissa caminó con los dulces en la mano sin saber muy bien qué hacer con ellos. No pensó en el encuentro durante el resto de la mañana. O eso creyó.
Fue más tarde, sentada en el suelo junto a una pared, cuando Óscar empezó a hablar con una emoción que ella no le conocía.
—¿Supiste quién llegó hoy?
Melissa negó, distraída, masticando algo sin prestarle demasiada atención.