El perfecto y arrogante Ariel

Capítulo 1.

Ariel.

Desde pequeño supe que mi vida no sería fácil.

Mi primer recuerdo es de cuando tenía unos cuatro años. Estaba amarrado en un poste mientras mis primas, las mismísimas hijas del diablo, corrían alrededor de mí y gritaban, imitando algún ritual raro que vieron en la tele, similar a una quema de brujas o algo así.

No tenía idea de qué estaba pasando, solo sé que mis llantos fueron tan fuertes que los vecinos llamaron a nuestros padres y cuando llegaron, quedaron horrorizados al ver esa escena bizarra que se producía delante de sus ojos. Obviamente la niñera fue despedida, las trillizas castigadas y mi padre amenazó a su primo con cortar lazos con ese lado de la familia, pero una vez que las aguas se calmaron, todos —excepto yo— olvidaron el asunto.

Siempre fui el blanco de burlas de aquellas endemoniadas escuinclas. Afrodita siempre se jactó de ser la única que me trataba con humanidad —aunque era igual de perversa que sus hermanas—. Si ella fue la que hizo el nudo de cuando me amarraron al poste.

Las trillizas y yo fuimos creciendo y me di cuenta de que no solo esas tres estaban chifladas, a todos en mi familia les faltaba un tornillo, empezando por mi progenitora —a ella le faltaba la ferretería completa.

Mi madre, llamada Karen, decía que unos gatos llamados Diva Dos, Príncipe y Reina eran mis hermanos mayores. Al principio le creí pero, después de que en la primaria mis compañeritos se burlaran de mí al ver mi árbol genealógico, empecé a sospechar que algo no estaba bien. Lo confirmé cuando la maestra explicó, por simple lógica, que esos gatos no podían ser mis hermanos, puesto que no éramos de la misma especie.

Y ahí voy de menso a abrir la boca.

—¿Entonces qué son? —Pregunté con inocencia mientras mis compañeros reían.

—Pues son mascotas.

La maestra me miró como un bicho raro. Volteé hacia mis compañeritos, que tenían la misma expresión. A pesar de sentirme cohibido, me atreví a volver a hablar. Mal ahí, pequeño Ariel

—¿Qué es una mascota?

—Tiene gatos y no sabe que son mascotas —se burló un niño. Todos comenzaron a reírse de mí mientras la maestra trataba de callarlos. Aunque noté que ella también rio un poco.

Cuando llegué a casa y le pregunté a mi mamá si los gatos eran mascotas y me respondió que no, que eran mis hermanos, quedé más confundido. Así que tomé el teléfono fijo para marcar a casa de mis tíos —a esa edad todavía no me dejaban tener un celular—. Fue una suerte que contestara Afrodita.

Los gatos sí son mascotas y tú madre está loca.

—No te llame para que la insultaras.

No la estoy insultando, Ariel, te digo la verdad, ¿en serio no te das cuenta que nuestras madres están igual de locas? Diles en la escuela que solo estabas bromeando para que no te fastidien.

Fue un buen consejo y funcionó un rato, pero no duro mucho. Lo peor vino cuando invité a mis amigos a la casa y Karen, de la nada, dijo que tenía que bañar a mis hermanos y comenzó a hacerlo… con la lengua.

Al siguiente día, en la escuela, el chisme se corrió. Mis supuestos amigos se reían con burla, mientras les contaban a los demás el suceso. No pude refutarles nada, Afrodita tenía razón. Comenzaron a apodarme «Niño Gato» y solían canturrear a modo de burla cada vez que pasaba junto a ellos.

—Niño Gato, Niño Gato, Niño Gato…

Un día unas niñas me preguntaron si mi mamá comía gatos, pero un chamaco de los que fue a mi casa les comentó que así los bañaba. Y comenzaron las carcajadas.

—Niño Gato, Niño Gato… —Empezaron a cantar y no pude evitar llorar.

Me exasperaba que me llamaran así. Me molestaban tanto que la maestra mandó a llamar a mis padres.

Papá, muy enojado, recriminó a la Institución por no hacer nada, y a pesar de ponerles advertencias a los otros mocosos, el bullying siguió, así que me tuvieron que cambiar de escuela.

Como tuve una nueva oportunidad para no cometer los mismos errores, empecé a mostrarme distante con los demás, tanto que les generé curiosidad e incluso escuché decir a unas niñas que les parecía misterioso y apuesto. Pronto me apodaron «El Perfecto Príncipe de hielo». Era mucho mejor que Niño Gato, así que no las detuve.

***

En la secundaria y el bachillerato, se mantuvo la misma dinámica. No era que disfrutara de la soledad, pero gracias a un percance con una compañera de clases, no tenía ningún amigo cercano. Tampoco quise cambiar esa situación, temía que se enteraran de mi antiguo apodo y los rumores de que mi mamá lamía gatos.

No obstante, además de mi notable apariencia, el rumor que se corrió fue que mi familia tenía mucho dinero, y a los pocos días un maestro me preguntó, en medio de la clase, si era pariente de Artemisa, Atenea y Afrodita Gold.

—Sí, profesor, son mis primas —respondí con seriedad y pronto todos empezaron a murmurar.

—¡Oh, él es primo de las famosas Triple A!

—¡¿Las Triple A?! ¡Son una leyenda en la escuela!

—¿Quiénes son?

—¿No has oído de ellas? Son las chicas más guapas que han asistido a la escuela.




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