El perfecto y arrogante Ariel

Capítulo 2.

Ariel

Al siguiente día, cuando llegué al salón de clases, noté que tres chicas rodeaban a la niña nueva. Eran Dalia, Natalia y Valentina, que eran consideradas las más lindas y populares de la escuela —fuente: dicho por ellas mismas—. También podían ser unas malditas cuando se lo proponían, por eso yo les puse unos buenos apodos en mi mente: la Mustialia, la Arpitalia y la Valestia.

El curso anterior me la pasé con Natalia en un evento escolar, incluso coqueteamos un poco, y ella creyó que nos volveríamos más cercanos. Nunca me atreví porque no quería que conociera a mi familia y divulgara las locuras de mi madre, pero lo más importante, no estaba enamorado de ella, solo me parecía guapa y ya, pero no lo suficiente para iniciar una relación. Desde esa ocasión me agarró un poco de tirria y no cruzábamos palabra a menos que fuera necesario.

—¿Por qué dejaste que ese patán te quitara del asiento? —Reclamó Valentina.

—Eso, eso. —Dalia hizo un puchero. Ella siempre exageraba sus expresiones; bien ridícula la chamaca.

Natalia, que se encontraba de brazos cruzados, se limitó a verla sin opinar.

—Bueno, no quiero ningún problema, soy nueva y no tengo ningún amigo —respondió. Tenía una voz dulce y bonita.

—Ya. Si quieres puedes sentarte con nosotras en el receso, somos las más populares —habló Natalia. Me sorprendió que la invitara así sin más, esas tres eran muy quisquillosas y no dejaban que nadie se uniera a su aquelarre.

—¿De verdad? —Sus ojos brillaron con emoción.

—Sí. Me recuerdas tu nombre.

—Mireya.

«Mireya... De seguro quieren hacerle una broma pesada o qué sé yo, pero ese no es mi problema» pensé.

Y en efecto, no era mi asunto, no obstante no pude evitar sentirme un poco preocupado. En el receso, me coloqué a una distancia prudente de aquellas arpías dispuestas a morder a su presa, solo por si era necesario intervenir.

***

Mireya.

Me encontraba feliz de tener con quién pasar el receso. El día anterior estuve comiendo sola y para colmo un patán me quitó del asiento.

Nunca fui lo suficientemente valiente como para defenderme, ni tampoco tenía un carácter fuerte, así que no pude reclamarle, pero en esta ocasión unas chicas muy amables me invitaron a pasar tiempo con ellas, ¡estaba más que feliz!

Mamá siempre fue del grupito de las niñas más guapas y, por más que quise, nunca pude ser como ella, pero en esa nueva escuela tenía la posibilidad. ¡Ya no sería vista como un bicho raro!

¡Además eran tan bonitas! Natalia tenía su cabello ondulado teñido de rosa, ¡a mi hermanita le encantaría! Valentina era una rubia de expresión alegre y sagaz, y Dalia era una chica atractiva de piel morena y el cabello oscuro. Las vi con admiración mientras empezaron a explicarme cómo eran las cosas en la escuela, quiénes eran los profesores estrictos y los buena onda, con quién debía hacer equipo si ellas no se encontraban, y cuáles eran los clubes más fáciles.

De repente noté que el chico que me quitó del asiento estaba parado junto a nosotras, a una distancia prudente, con ese aire indiferente que lo caracterizaba. «¡Qué creído!» pensé rodando los ojos.

Valentina notó hacia donde iba mi mirada y sonrió burlona.

—Ariel es el mamón de la clase —indicó. Dalia y Natalia soltaron unas risitas.

—Se nota.

—Se cree mucho porque su bisabuelo es dueño de una prestigiosa empresa de alimentos —dijo Dalia—. Y claro, también tiene buenos genes, es decir, es rico y guapo, pero no es para tanto, siento que las chicas lo endiosan demasiado.

—Es un patán, miren que quitarme del asiento —comenté indignada.

—Ni que lo digas —concordó Natalia—. Mejor ni te le acerques.

—Lo que menos quiero es tener problemas —acepté—. Gracias por invitarme con ustedes —les sonreí con sinceridad.

—De nada —respondió Natalia—. Las bonitas estamos para apoyarnos. —Me devolvió el gesto.

Di un mordisco a mi sándwich pero casi me atoro al ver a dos chicos platicando, ¡se veían tan lindos! Recargué la barbilla en mi mano y los observé con atención, de seguro me inspirarían para la historia gay que estaba escribiendo.

***

Ariel

Aunque parezca increíble, no les agradaba a las chicas de mi salón. Las niñas de otros grupos me invitaban a salir o me daban sus números, pero las de mi grupo eran quisquillosas, mamonas y toscas. Suponía que la actitud grosera de Valentina las contagiaba; gracias a un contratiempo en secundaria, esa loca me detestaba e influía en la manera de ser de las demás, pero tampoco era que eso me quitara el hambre.

Al final Mireya se llevó bien con las arpías y empezó a ser parte de su grupito. A mí eso me daba igual, no obstante, un día en que pasé junto al aquelarre en la hora del almuerzo, escuché que estaban hablando mal de mí y me detuve unos pasos más adelante para oír su conversación.

—Ariel tiene un gran problema que todos sabemos, es un mamón —dijo la tontita de Valentina—. Él cree que se ve bien, pero la neta todos los del salón sentimos penita por él porque no tiene amigos.




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