El perfecto y arrogante Ariel

Capítulo 3.

Ariel

Los siguientes días, me las ensañé en contra de Mireya. Si algún maestro preguntaba algo, la señalaba indicando que ella quería responder. La chica me miraba con enojo y enfocaba con timidez al profesor, diciendo que no tenía la respuesta. No obstante, me salió el tiro por la culata cuando el profesor de Química se ajustó los lentes y me vio de mala manera.

—A ver, señor Gold, ya que usted anda diciendo que los demás tienen la respuesta, debe ser porque usted también la sabe, así que compártala a la clase, por favor.

Mis compañeros soltaron una risita burlona y yo apreté los puños con enojo, recordando los días en que me hacían bullying. Al menos sí sabía la respuesta, como no salía, me la pasaba las tardes estudiando para ser un alumno ejemplar y superar a Afrodita.

Respondí con voz calmada y mis compañeros, esos mismos que se rieron de mí, hicieron una mueca de inconformidad, en especial Valentina y Edgar. Volteé hacia Mireya con una sonrisita soberbia, pero ella solo entrecerró los ojos y dirigió su mirada a la pizarra.

Posterior a esa clase, Mireya se la pasó ignorando mis comentarios mordaces y eso me sacó de quicio. Lo peor fue ver que en el receso se encontraba charlando con Don Sabelotodo.

En las clases ya no me miraba a mí, sino volteaba de reojo hacia él con una sonrisita tonta; al hacerlo su rostro lucía radiante. En cambio, cuando me enfocaba a mí, su gesto se volvía antipático.

Me dio mucha furia verlos de esa manera. «Esos dos se creen mejor que yo… Debo encontrar algo para ponerlos en su lugar, ¿pero qué…?».

La respuesta me vino la siguiente clase, pues mientras la veía de reojo, noté que escribía algo en su cuaderno. Casi siempre lo usaba en clase y sabía que no apuntaba nada que tuviera que ver con las materias —ya había visto que sí tenía una Tablet que casi nunca usaba—, además ni siquiera parecía ponerle atención a los profesores cuando estaba ensimismada escribiendo. «¿Será su diario?».

No pude evitar mostrar una sonrisa maliciosa.

—Ariel, ya les dije que no me gusta que mis alumnos pongan sonrisa de villano de telenovela.

—Sí, miss —bufé.

La siguiente hora, aprovechando que Mireya fue al baño, tiré mi libro cerca de su pupitre y me acerqué para recogerlo. Volteé hacia los demás, pendiente de que nadie me pillara, pero todos estaban concentrados en resolver los ejercicios de matemáticas.

Me alcé con el libro en mano y agradecí que su mochila estuviera abierta. No fue difícil encontrar el cuaderno forrado de peluche rosa con una mariposa en el centro. Dudé un poco, no estaba bien tomar las cosas ajenas, pero recordé que era una niña boba y que debía aprender cuál era su lugar.

Tomé su diario, lo guardé en mi mochila y volteé con discreción hacia los demás para ver si alguien me había visto. Casi suspiré con alivio, pero noté que Natalia tenía los ojos fijos en mí con una ceja alzada.

«Maldición» pensé. Hice una seña para que no dijera nada y me guiñó el ojo con complicidad. «Lo bueno es que está de mi lado. Al menos no me vieron Edgar o Valentina».

Mireya regresó al salón y se dirigió a su banca dando saltitos. «Muy contentita, ¿no? A ver cómo se pone cuando lea su diario delante de todos».

***

Al finalizar la clase, la profesora de matemáticas salió del salón diez minutos antes, así que aproveché para colocarme frente a la clase, llevando el cuaderno rosa conmigo.

—Chicos, necesito su atención, por favor —dije en voz alta, atrayendo la atención de mis compañeros—. Esto es lo que pasa cuando se meten conmigo. —Mostré el diario de Mireya y ella parpadeó unos segundos, confusa, hasta que captó qué era lo que tenía en la mano.

—¡Ey, eso es mío! —Se levantó del asiento, dispuesta a recuperar su cuaderno, pero era más baja que yo y, aunque hizo el intento de arrebatármelo, no pudo.

Me paré junto al escritorio de los profesores, dispuesto a avergonzarla delante de los demás, así que abrí el diario, buscando lo último que escribió pero me quedé de piedra al ver el contenido. Mireya me vio con una mezcla de vergüenza y súplica, y me sentí aún más agraviado que ella.

—¡Devuélveme eso! —Exclamó.

Todos los demás nos vieron con atención, la mayoría eran como aves de rapiña, queriendo una pequeña señal para saltar sobre su presa, tenían curiosidad por saber qué tenía escrito el mentado «diario», pero me limité a cerrarlo.

—Bueno, creo que aquí hay algo muy íntimo y privado y no puedo leerlo delante de todos.

—¡Aaaaay! —Se quejaron varios compañeros, pero los ignoré.

Mireya tenía las mejillas sonrojadas por la vergüenza, y no era la única, yo quería desaparecer por completo.

Iba a devolverle el cuaderno a su dueña cuando una mano me lo arrebató. Ambos volteamos con enojo hacia la persona y no me sorprendió ver a Valentina, agitando la libretita rosa de un lado a otro.

—¡Valen, qué bueno que lo tienes tú! —Exclamó la ingenua—. Por favor, dame mi libreta.

Le tenía mucha fe, pero yo no. Le quise quitar el cuaderno, pero la rubia esquivó mi movimiento con facilidad. «Agh, que va a clases de artes marciales».




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