Ariel
Al llegar a casa, entré en un dilema. Podía decirle a Karen que me acompañara, ella era más comprensiva, pero el problema era que dijera o hiciera alguna de sus rarezas. Por su parte, Adonis pondría el grito en el cielo y armaría un escándalo. Ambos me dejarían en mal, por lo que preferí decirle a mi padre.
Después de la cena, aprovechando que se encontraba en su sala de estudios, escribiendo algo en su computadora, me dirigí a él.
—Hola, papá, buenas noches.
Él me sonrió con ternura. Para él siempre sería su niño pequeño. Era lindo, pero me avergonzaba que a mi edad me siguiera tratando como un bebé.
—Hola, hijo, ¿qué sucede? ¿Quieres pasar tiempo de calidad con tu viejo?
—Emmm, sí, je. —No sabía cómo empezar a contarle.
Papá sugirió jugar dominó y acepté gustoso. Me encantaban los juegos de mesa, me traían muchos recuerdos de mi infancia. Cuando dejé de ir a casa de las trillizas, papá notó que me encontraba muy solo, así que nos poníamos a jugar durante horas. A pesar de tener mucho trabajo, Adonis siempre se daba el tiempo para estar conmigo.
En la primera ronda, él me ganó y sugirió invitar a mamá, pero antes de que le avisara, hablé.
—Papá, ¿puedes ir conmigo a la escuela mañana por la mañana?
—Sí, hijo, ¿van a hacer algún evento?
—Emm, no tanto como evento, es que el director quiere hablar contigo antes de que empiece la clase.
—Oh. —Su expresión se volvió seria. En general yo era un estudiante modelo y jamás mandaban a llamar a mis padres, así que mi petición fue inesperada para él—. ¿Sucedió algo?
—Sí, algo así.
—Dime qué pasó. ¿Estás bien? ¿Te hicieron algo? —Me empezó a revisar el rostro con preocupación. «Adonis siempre es un exagerado cuando se trata de mí».
Le comenté lo que pasó, omitiendo que yo fui el que tomó el cuaderno de Mireya sin permiso, y se puso fúrico.
—¡¿Cómo se atreve esa chamaca a usarte a ti para eso?! —Su indignación era más que obvia—. ¡Mañana mismo haré que la expulsen, no es posible que suceda esto!
Me pareció una reacción exagerada pero no comenté nada. «Bah, si la expulsan mejor para mí». Metí mis manos en los bolsillos, queriendo convencerme de que eso era lo correcto.
***
Al siguiente día, cuando bajé a desayunar, me sorprendí de que mamá estuviera lista para salir. Ya había preparado la carriola para llevar ahí a los gatos.
—¡Mamá, ¿qué haces aquí?!
—Tú papá me dijo que el director tiene que hablar con nosotros.
—Ah. Pero no es necesario que tú vayas, puedes quedarte con los ga… mis hermanos —me corregí— en la casa.
—Nop, iré contigo a demostrar mi apoyo como tu mamá. —Agitó sus manos como si celebrara algo. Me di una palmada en la frente.
—No es necesario, ma —insistí—. En serio.
—Claro que sí, está decidido. Súbete al auto —ordenó.
—¿No se pueden quedar lo ga… mis hermanitos aquí en la casa?
—Nop, vamos al auto.
No me quedó más qué obedecer. En todo el camino, Adonis se fue quejando de Mireya.
—No puedo creer que esa chamaca se atreviera a injuriar a mi bebé. Me voy a agarrar a madrazos con su padre para que se le quite…
Se la pasó diciendo más barbaridades e incoherencias, pero Karen y yo lo ignoramos. Mientras íbamos en camino, los gatos maullaban sin parar, encrespándome los nervios.
—Ya cállense, pinches gatos —mascullé.
Papá no me escuchó, pero Karen me regañó por insultar a mis hermanitos, así que tuve que disculparme. Al llegar a la escuela, mamá metió a los gatitos a la carriola. Me encargué de taparlos para que nadie los viera.
—¿Por qué los tapas tanto?
—Es que hace frío, mamá, sabes que los ga… mis hermanos son friolentos.
—Tienes razón —me sonrió.
Nos dirigimos a la oficina, donde estaba el director y Edgar junto con su madre. Mis papás la saludaron con amabilidad.
—Buenos días, Ana Rosita Victoria. —Papá le tendió la mano a la madre de Don Sabelotodo y ella correspondió el saludo.
—Buen día, Adonis Gold, tiempo sin verte.
—Lo mismo digo.
Después de los saludos corteses entre los adultos, el director se dirigió a mamá. «Que no vea a los gatos, que no vea a los gatos» recé en mi mente. Para mi mala suerte, Marcos sonrió al ver la carriola.
—Ow, no sabía que Ariel tenía un hermanito.
—Tiene tres. —Lo corrigió mamá.
—¡¿Tres?! ¡Salieron trillizos…! Ahora que recuerdo, las trillizas Gold son sus primas, no me extraña. ¿Puedo verlos?
—¡Noooo! —Casi grité, pero Karen me ignoró y bajó la sábana que los cubría.
—Ah… Son gatos… —Marcos volteó hacia Adonis con una expresión confundida, pero este asintió con la cabeza.