El perfecto y arrogante Ariel

Capítulo 5.

Mireya

¡Ariel Gold me sacaba de quicio! El día anterior tuvo el descaro de sacar mi cuaderno para tratar de humillarme, ¡hizo que leyeran mi escrito frente a todos!, me metió en problemas, por su culpa tenía que trabajar en un ensayo que hablara del poder de la amistad, ¡ni que fuera pony! Y para el colmo, me rodeó con sus brazos para que no cayera. Luego me calló cuando intenté agradecerle… mejor me hubiera dejado azotar en el suelo. Lo peor era que tenía que cambiar los nombres de los personajes de mi historia en Internet, ya tenía varias lectoras que se enojarían por esta acción.

Aún sentía mis mejillas arreboladas cuando entré al salón. Mis amigas, al verme, se acercaron a mí. Valentina tenía una expresión arrepentida.

—Hola, Mireya —habló cabizbaja—. Lo siento, no quería meterte en problemas, es que me pareció muy divertido lo que escribiste.

—Igual es mi culpa por traer el cuaderno a la escuela —suspiré—. Pero bueno, ya no te preocupes.

—¿Te regañaron o castigaron? —Preguntó Dalia intentando disimular una sonrisa. «Creo que fue porque le gustó mucho mi historia».

—Tengo que trabajar un ensayo que hable de la amistad y compañerismo —dije hastiada—. Y lo peor es que tengo que hacer esa tarea con Ariel. —Me di una palmada en la frente.

—¿Con Ariel? —Natalia preguntó con interés.

—Sí, el director dice que debemos llevarnos mejor, ¡él que sabe! Si gracias a Ariel he tenido problemas desde que llegué.

—Oh… Sí, es cierto —concordó la pelirrosa.

—Ah, qué mala onda, solo lo tenían que castigar a él —masculló Valentina.

—A él, o a ti por leer en voz alta, Valen —rio Dalia. La rubia le dio un codazo—. ¿Qué? Es cierto, te salvaste por poquito.

—Luego molestaré más a Ariel Gold —indicó la rubia, despeinándose su flequillo recto.

—¿Por qué te interesa tanto? —Preguntó Natalia, poniendo los brazos en jarra—. ¿No será que te gusta?

—¡¿Qué?! —Valentina puso cara de estupefacción—. ¡Noooo! —Exclamó—. Ni en mis peores calenturas me fijaría en un tipo rubio, son tan desabridos.

—Tú eres rubia —le recordó Dalia.

—Ya sé, pero es muy diferente. O sea, las niñas rubias somos bonitas y tiernas, pero los tipos rubios son unos desabridos.

En ese momento recordé a mamá porque siempre me decía que debía tener cuidado con los rubios, que eran groseros. Asentí con la cabeza, dándole la razón.

—Tienes razón, mamá siempre dice que los rubios dan problemas —concordé.

—¿Ves? No me gusta.

—Pero siempre te metes con él sin motivo y dices que lo odias. —Natalia mostró una pequeña sonrisa.

—Ay, amiga, no necesito razones lógicas para odiar a un hombre, simplemente me cae mal por ser hombre. —Se cruzó de brazos—. Hombre no es gente.

—Tú papá es un hombre —le recordó Dalia.

—No, cállate, él es un papá.

—Pero…

—¡Pero nada!

Mientras seguían con su absurda discusión, sentí el peso de una mirada sobre mí, así que volteé y noté que Ariel Gold me veía con atención. Me incomodé, así que regresé el rostro hacia mis amigas. Natalia pareció advertir algo, pues clavó su mirada sobre mí.

—¿Qué sucede? —Pregunté con nerviosismo.

—Oh, nada —me sonrió—. Solo admiraba tu cabello.

—Ay, a mí me encanta el tuyo. —Me acerqué y tomé las puntas de su pelo rosa—. Se ve precioso.

—A pesar todo, se ha mantenido sano.

—Ay, a mí me gustaría pintarme el cabello de algún color así, pero mamá dice que mi cabello pelirrojo es bonito y que podría arruinarlo.

En realidad mi madre siempre me decía que, aparte de estropear mi pelo, las niñas que se teñían de colores eran unas vulgares. De seguro si veía a Natalia cambiaría de opinión.

—Tu madre tiene razón. A mí me hubiera gustado ser pelirroja —aceptó.

—A mí tener el cabello lacio —dije con tristeza—. Mi mamá y mi hermanita también son pelirrojas, pero ellas tienen un cabello lacio tan bonito. En cambio, mi cabello parece un nido de pájaros.

—Ya te dije que es lindo. —Me dio una palmada en el hombro—. Pareces una princesa.

—Tú también, el rosa te queda de maravilla.

Nos sonreímos pero ya no pudimos seguir hablando más tiempo, pues entró el profesor de la primera hora y nos fuimos a nuestro lugar.

En el receso, mientras comíamos nuestro almuerzo, mis amigas y yo preferimos ir a la cancha en vez de la cafetería. Estábamos sentadas en un árbol que nos tapaba el sol; Natalia se abanicó el rostro y dijo que necesitaba una limonada para refrescarse.

—¡Tengo mucho calor! —Exclamó—. Estoy a punto de desmayarme, así que no puedo ir por una.

—Ay, ni me veas, yo estuve practicando ayer toda la tarde y me duelen los pies —se quejó Valen.

—Yo tampoco puedo ir, el calor me agota.

Las tres fijaron su mirada en mí. Después de pasarme un bocado de mi almuerzo, hablé.




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