El perfecto y arrogante Ariel

Capítulo 6.

Ariel

El sábado, tal como Karen lo planeó, esperábamos a que Mireya llegara para empezar el mentado ensayo que encargó el director. El día anterior mamá arregló la casa con ayuda de Joana, la señora que nos ayudaba con la comida y la limpieza. Incluso convencí a mamá de que bañara temprano a los gatos, no quería que hiciera una escenita frente a mi compañera y que los rumores volvieran a extenderse.

Mientras esperábamos que dieran las dos de la tarde, la hora en que Mireya acordó llegar, el celular de Karen sonó y contestó la llamada.

—¿Miau miau? —Dijo su típico saludo al responder llamadas telefónicas. Eso casi siempre funcionaba con la gente del banco, extorsionadores, agentes publicitarios, etcétera; creían que les respondía una maníaca y terminaban colgando—. ¿Miau…? Miau, miau…

Crucé los dedos para que terminara esa llamada antes de que llegara Mireya. La buena noticia fue que al poco, colgó. La mala fue que tomó su bolso mientras tecleaba algo en su celular y le decía a papá que encendiera el auto.

—Ariel, tu padre y yo tenemos que irnos.

—¿Por? —Alcé una ceja.

—Tu tío Aquiles está en el hospital.

—¿Otra vez? ¿Qué hizo la tía Lira esta ocasión? ¿Finalmente lo envenenó con sus amarres?

Papá se acercó con un gesto preocupado para escuchar la respuesta.

—Ay, fue un accidente. —Karen excusó a mi tía—. Es que se metió una cucaracha a su departamento y ya sabes cómo es tu tío Aquiles, bien llorón, entonces se subió a la mesa mientras Lira perseguía a la cucaracha, y entre los correteos, sin querer empujó a tu tío y se cayó. —Adonis y yo la vimos con un gesto pasmado—. Pero no fue nada grave, solo que al saltar cayó mal y se lastimó el tobillo. Nada que el reposo no solucione, pero al final Aquiles quiso ir al hospital… Ya ves qué chillón salió.

—Ah… Vaya. ¿Mataron a la cucaracha?

—Miau. —Asintió.

—Bien, triunfó el mal. ¿Pero en serio se irán los dos?

—No te preocupes, mi amor, no te quedarás solo con esa niña, tus primas vendrán a cuidarlos.

—¡¿Qué?! —Exclamé con una mezcla de espanto y enojo—. ¿Por qué vienen? Puedo cuidarme solo. ¿Además por qué las tres? —Me lamenté.

—Solo le dije a Afrodita pero sus hermanas quisieron acompañarla. —Mamá se encogió de hombros—. Ya se portan bien.

—Diles que no vengan —pedí—. Por favor.

—No, bebé, también vienen a cuidar a tus hermanos.

—Los gatos no necesitan que esos demonios los cuiden; Atenea seguro se los quiere comer, y no a besos como tú, mamá.

—Hermanitos —me corrigió—; pero de todos modos vendrán. No te vas a quedar solo con una niña, no pienso ser abuela tan pronto.

—¡Mamá! —Reclamé, sintiendo que el calor subía a mis mejillas—. ¿Qué cosas dices? ¡Apenas tengo dieciséis!

—Lo sé muy bien, por qué crees que te doy esa advertencia. Tu abuela siempre decía «sin gorrito no hay fiesta», pero creo que es mejor prevenir esas situaciones.

—¡Nada que ver, mamá! Además detesto a las trillizas, acuérdate lo que me hacían cuando éramos niños.

—Sí, pero al menos ya se comportan como señoritas y no te molestan como antes. Ya pasaron su etapa de bullys.

—Papá. —Busqué apoyo paterno, pero también dijo que todavía no quería ser abuelo—. ¿Pero por qué ellas?

—Miau, miau, miau —habló Karen

—Sí, miau —respondió Adonis aguantándose la risa.

No supe ni qué responderles y, por más que me quejé, mis padres insistieron que era mejor que vinieran las trillizas. Sin poder objetar, salieron de casa, no sin antes indicar que había comida en el refrigerador.

«Ojalá no venga Mireya» pensé. «Le diré que no venga, que yo haré todo el trabajo». Tomé mi celular y me di cuenta de que no tenía su número. «¿A quién se lo puedo preguntar? Es lo malo de no llevarse con nadie».

No tuve que carcomerme la cabeza por más tiempo, pues al poco tocaron el timbre. Me acerqué a la puerta con rapidez y abrí. Frente a mí se encontraban Mireya, Diego y una niña que no había visto antes.

—Buenas tardes, Ariel —saludó Diego y correspondí—. ¿Tus padres están en casa? —Iba a responder que no, que se fueran, pero no me dejó continuar—. Bueno, las dejo, tu mamá me espera en el auto y se nos hace tarde —se dirigió a su hija—. En cuanto terminemos, pasamos por ustedes.

—Sí, papi.

—No les molesta recibir también a mi otra hija, ¿verdad? Es bien portada, es que la niñera canceló al último momento…

Iba a seguir dándome explicaciones, de no ser porque el claxon de su camioneta empezó a sonar con desesperación.

Sin darme tiempo para reaccionar, el hombre se dio la media vuelta y fue con rapidez, dejándome con las palabras en la boca. Las chicas delante de mí me miraron, Mireya con un gesto retraído y la pequeña con una gran sonrisa. No me quedó de otra, las tuve que invitar a pasar. Mientras caminábamos hacia el comedor, los gatos se fueron a esconder, pues no les gustaban las visitas, y la niña habló con un gesto alegre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.