El perfecto y arrogante Ariel

Capítulo 9.

Mireya

Al siguiente día, al llegar a la escuela, noté que todos me veían, lo que me incomodó. Algunas chicas susurraron entre ellas sin dejar de mirarme y varios chicos me vieron con demasiada atención. ¿Acaso estaba más despeinada de lo normal? ¿O tenía pasta de dientes embarrada en el uniforme? Fui con rapidez al baño para mirarme en el espejo, pero no noté nada fuera de lo común.

Aproveché la ida y me metí a un cubículo. De repente unas chicas entraron y pude escuchar su plática.

—¿Te enteraste?

—¿De qué?

—Que la pelirroja del segundo B ayer se fue con su novio para ya sabes qué.

—¿Para qué?

—Pues ya sabes, para tener sexo.

—¡Ay, qué atrevida? —Rio la chica—. Quién la viera, se ve tan santita.

—Esas son las más guarras.

«¿La pelirroja del segundo B?» Ladeé la cabeza. «¡Qué raro! Pero si la única pelirroja… soy yo». En ese momento tuve que salir a encarar a esas dos chismosas pero estaba paralizada, con mucho miedo y no me podía mover.

Cuando esas dos salieron, me quedé sentada varios minutos, hasta que reaccioné. Salí del cubículo, lavé mis manos y me dirigí al salón. Cuando entré, mis compañeros se me quedaron viendo con una mueca desagradable. Bajé la mirada y caminé hasta mis amigas.

—Hola, chicas —dije en voz baja.

—¡Mireya, ¿es cierto?! —Valentina tomó mis manos, así que alcé mi vista para enfocarla—. ¿El chico de ayer es tu novio?

—Ah, ustedes también oyeron esos rumores —suspiré—. Son mentira.

—¿En serio? —Dalia alzó una ceja.

—Sí, Oziel no es mi novio y… Solo me llevó a casa, no pasó nada más.

Valentina y Dalia me miraron con atención, no lucían muy convencidas de mis palabras, pero gracias al cielo Natalia sí me creyó.

—Bueno, si tú dices que solo son inventos, te creemos —aseguró, rodeando mi hombro con su brazo—. Vamos, chicas, conocemos a Mireya, sabemos que es inocente.

—Bueno, tampoco es que acostarse con un chico te vuelva mala persona —murmuró Dalia.

Valentina hizo una mueca, pero al final asintió.

—Es correcto. Nadie te culparía si fuera cierto, digo, él es guapísimo, pero si dices que no pasó nada, te creemos.

—¡Muchas gracias, chicas! —Casi se me salieron las lágrimas, pensando en que tenía suerte de tenerlas como amigas—. Además yo quiero que Oziel salga con mi vecino.

—¿Qué? —Valentina me miró con pasmo—. ¿Él es gay?

—No sé, pero ojalá lo fuera. —Crucé mis dedos—. Haría una linda pareja con Ernesto.

—¡No, que no sea! —Exclamó Valentina—. Yo quiero que me lo presentes.

—Ya te lo presenté ayer.

—Pero preséntalo bien, para ver si quiere salir conmigo o así.

—Mmm. Okey, pero primero le presentaré a Ernesto.

—¡Noooo!

—¿Quién es ese? —Preguntó Natalia riendo.

—Mi vecino.

—¡No se lo presentes a ese Ernesto, él es para mí! —Rogó Valentina.

—Ay, está bien, está bien. Otro día que venga te ayudo a que le pidas su número.

—¡Sí! —Aplaudió—. Muchas gracias.

Creí que ya no habría más problemas, no obstante, eso no terminó ahí, pues los chicos empezaron a acosarme. Mientras esperábamos que llegara un profesor, Javier se acercó a mí, colocando sus manos sobre la mesa.

—Mireya. —Me mostró una sonrisa que, por algún motivo, me pareció aterradora.

—Ho-hola…

—Me preguntaba si podías ayudarme con algo.

—Ah. —Me acomodé los lentes—. Claro, ¿tienes dudas en alguna materia?

—No, en realidad quería que me ayudaras con esta. —El asqueroso hizo un movimiento obsceno, agarrándose la entrepierna. Escuché varias risas de chicos, pero yo estaba tan ofendida que ni siquiera pude reaccionar.

Mientras Javier reía, vi de reojo a mis compañeros, quería ver sus reacciones, pero la mayoría de los chicos seguían burlándose de mí. Ariel, que estaba recostado sobre su escritorio, alzó el rostro y enfocó a Javier con el entrecejo fruncido, pero antes de que dijera algo, una voz llamó mi atención.

—Javier, por favor, deja de decir esas vulgaridades a la compañera —lo reprendió Edgar. Tenía la mirada fija sobre él y su voz sonó firme.

—Ya, Edgar, sabemos que eres gay y no andarías con alguna chica, pero nosotros sí.

Edgar enrojeció por la ira y apretó los puños.

—Cállate, deja de calumniarme. Y es la última vez que le haces alguna grosería a una compañera. —Lo señaló con el dedo índice—. Para la próxima te acusaré con el prefecto.

Javier rodó los ojos, sin decir nada más. Se dirigió a su lugar, pero antes de sentarse, una lapicera le cayó en la cabeza.

—¡Qué rayos! ¡¿Quién fue…?!

—Yo. —Valentina se levantó de su asiento para recoger su lapicera. Al quedar frente a Javier, lo miró con expresión soberbia.




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