El perfecto y arrogante Ariel

Capítulo 10.

Mireya

Después de una semana, las cosas se fueron calmando. Seguía sintiendo las miradas juzgonas de mis compañeras y recibiendo uno que otro comentario obsceno, pero Ariel siempre los amenazaba con usar sus influencias para arruinarles la vida. Ellos dejaron de molestarme, no por los comentarios mordaces de Ariel —nadie lo tomaba en cuenta—, sino por las patadas voladoras de Valentina. Ella aprovechaba cualquier oportunidad para pegarle a los hombres.

Cuando creí que al fin todo mejoraría, empeoró, pues el lunes siguiente, al llegar al aula, vi que en el pizarrón blanco estaba escrito con plumón, en mayúsculas: «Mireya tiene una ETS».

Me quedé helada, sin saber cómo reaccionar. Las miradas se volvieron más hostiles, algunas chicas soltaban risitas y me señalaban sin disimulo, pero yo estaba parada ahí, viendo todo, sin poder decir nada.

—¡¿Quién escribió eso?! —Escuché la voz de Ariel. El rubio se digirió hasta Javier y lo tomó del cuello de la camisa—. ¡¿Fuiste tú?!

—Tranquilo, Gold, yo no fui, pero debes de tener más cuidado con tu noviecita, que por ahí te pega algo…

—¡Maldito! —Estuvo a punto de golpearlo.

—¡En la cara no, que de eso vivo! —Expresó Javier cerrando los ojos.

Al final Ariel bajó su puño. Lo entendí, no era un chico violento, además podía meterse en problemas y tampoco tenía pruebas en contra de aquel naco y estúpido.

Mis amigas, que llegaron en ese momento, vieron la pizarra con asombro. Valentina y Dalia se acercaron, dejando una distancia considerable hasta mí, mientras Natalia fruncía el ceño y tomaba el borrador para quitar esa horrible frase.

—Chicos, no es amable de su parte hacer eso —indicó mi amiga con voz firme—. Se están pasando.

—Naty, tú eres una chica muy buena, pero ya no deberías juntarse con esa mujerzuela —aconsejó Wilfredo.

—Ay, vamos, todos son rumores falsos, ¿a qué sí? —Preguntó, pero nadie le siguió la corriente.

Valentina y Dalia me miraban con atención.

—Chicas, no creen eso, ¿verdad? ¡Es todo mentira! —Exclamé—. Ni siquiera he estado con nadie de ese modo, no sé quién inventó eso. —Pasé mis manos por el rostro con frustración.

—Emm, bueno —habló Dalia—. El tener sexo con un chico es una cosa, pero tener una ETS… Sería mejor que dejaras de juntarte con nosotras, por lo menos hasta que te cures. No te quería decir nada, pero nos das mala reputación, quedaremos como unas cualquieras por ser tus amigas.

—Pero yo ni siquiera he estado con nadie.

—No te creemos —siguió Dalia—. Eres una pervertida, de seguro te acostaste con ese Oziel y el tal Ernesto al mismo tiempo, ya que tienes fetiches con dos hombres haciéndolo.

¿Acaso era cierto lo que estaba oyendo? Abrí mi boca con indignación, volteando hacia Valentina, pero la rubia estaba cabizbaja.

—Me agradas, Mireya, en serio, pero…

En ese momento Natalia se acercó a nosotras.

—¿Qué sucede? ¿Por qué tienen esas caras?

—Le acabo de decir a Mireya que es mejor que no se junte con nosotras —indicó Dalia, cruzándose de brazos. Natalia abrió la boca con impresión.

—¡Dalia! ¡Qué grosería es esa!

—Pues no sé ustedes, pero no me siento cómoda siendo amiga de una tipa que tiene una ETS, así que me voy. —Dalia se dio la media vuelta y caminó hasta su silla.

Valentina me dirigió una mirada lastimera pero no dijo nada más, solo se limitó a seguir a Dalia. Natalia, por su parte, las vio con incredulidad.

—No puedo creerlo… No te preocupes, Mireya, yo sí te creo. —Colocó su mano en mi hombro—. Y vamos a llegar al fondo de esto. No estás sola, tienes mi apoyo. —Se dio la media vuelta y caminó hacia nuestras… sus amigas—. Chicas, ¿es en serio? No tenían por qué portarse así…

Natalia se alejó de mí con paso rápido. Miré hacia la pizarra, que ya no tenía nada escrito, y me solté en llanto.

***

Ariel

Discutía con Javier, cuando un llanto atrajo mi atención. Era Mireya, sus lloriqueos era inconfundibles.

—Ya verás. —Le hice una seña a Javier con mis dedos medio e índice, indicando que lo vigilaría de cerca, me acerqué a Mireya y la tomé del brazo para sacarla del salón.

Avanzábamos mientras los demás nos observaban con una mezcla de asombro y disgusto. Mireya intentó decir algo pero no le entendí ni rayos.

—E-es-e-es que e-ello-os n-no me ti-tie-enen pa-pa-cien-cia y…

Le compré una botella de agua y fuimos hasta la cancha. Una vez que se calmó, me agradeció y se quedó en silencio, pensando.

—Gra-gracias —dijo después de darle otro sorbo a la botella.

—¿Quién crees que haya sido?

—No sé quién podría odiarme tanto.

—Ni idea. Los únicos que tenemos motivos para odiarte somos Edgar y yo. —Entrecerró los ojos—. ¿Qué? Es verdad —me quejé—. Pero volviendo al punto, el Sabelotodo no es tan imbécil para hacer esas cosas y obviamente yo no fui. —Metí las manos en mi bolsillo.




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