El perfecto y arrogante Ariel

Capítulo 11.

Ariel

La Mireya era una exagerada, al igual que todas las mujeres de mi familia. No aguantaba nada. Lo que más me enojó fue que en un rato que teníamos libre, antes de que llegara el profesor, ella se acercó a Edgar. Me les quedé mirando porque, aparte de que me gustaba el chisme, no había nada más interesante que ver.

Mireya caminó, con pasito lento, hacia el Sabelotodo y la muy mensa puso una vocecita tierna para dirigirse a él.

—Hola, Edgar.

—Ah, Mireya. —La enfocó desinteresado—. ¿Qué se te ofrece? —Ahí iba el mamón con sus modos de hablar todos «refinados». Se oía bien tarado.

—Ammm. Quiero pedirte perdón por la historia que escribí, no era mi intención dejarte en mal.

¡Para colmo le pedía perdón a él! ¡Conmigo nunca se disculpó la descarada! Bueno, sí lo hizo, ¿pero por qué tenía que ir y hablarle al Sabelotodo?

—Entiendo que no fue tu intención… —Después de varios segundos, que se quedaron viendo de frente como los tontos que eran, volvió a hablar—. ¿Se te ofrece algo más?

—Sí, sé que eres inteligente, y quería que me ayudaras a descubrir quién está inventando esos rumores tan feos de mí.

¡Y todavía le solicitaba ayuda! A mí no me pidió nada y yo estaba ahí de baboso queriendo solucionarle la vida.

—Oh, cierto, los rumores. ¿No te está ayudando Ariel?

—Sí, pero no es tan listo como tú.

Hizo un ademán con la mano y yo sentí que me brincó la vena del enojo, ¡cómo que no era tan listo!

—¡Claro que soy listo, tarada! —Exclamé.

Los dos me miraron y en seguida volvieron a su conversación.

—Bueno, no gano nada con esto, pero puedo ayudarte.

—¡Ay, muchas gracias!

—No me ignoren, tontos. —Me levanté de mi asiento y fui con ellos—. A ver, Pelos Colorados, a mí no me subestimes…

—Ay, Ariel, no es por ser mala onda, pero todos te subestiman.

—¡¿Qué?! —Exclamé.

—Es que me di cuenta de que la neta nadie te presta mucha atención. Le tienen más miedo a Valen que a ti. —Estuve a punto de reclamar, pero me callé la boca porque tenía razón. No obstante, era tan desvergonzada que me lo decía en la cara, no le importaba dañar mi ego.

—Pero igual soy inteligente. —Me defendí—. No necesitas a Edgar, yo te voy a ayudar.

—Pero hace rato dijiste que…

—No importa lo que dije hace rato, yo te voy a ayudar. —Coloqué la mano en mi pecho. Edgar me vio con aversión.

—No, Mireya, yo te voy a ayudar —repitió mis palabras. Ni para eso era original el babotas.

—¡Ay, gracias a ambos por ayudarme! —Exclamó—. En verdad les agradezco de corazón.

—Pero…

—¡Son tan amables y caballerosos! Y sé que ninguno se va a retractar, porque son hombres de palabra, y retractarse es de cobardes, pero ustedes son muy valientes y los admiro por eso. Además puto el que se retracte…

Edgar y yo nos vimos con un gesto pasmado. Creímos que la Rojita elegiría a alguno, pero al final nos escogió a ambos y ya no podíamos echarnos para atrás.

—Está bien —dijo Edgar.

—Agh, ¿por qué me meto donde no me llaman? Eso me pasa por metiche —mascullé, más para mí mismo que para los otros.

En el receso, Natalia, Edgar, Mireya y yo nos reunimos para compartir teorías pero ninguna tenía fundamentos. Nos quedamos pensativos, viéndonos las caras, hasta que Natalia tuvo la grandiosa idea —nótese el sarcasmo— de dividirnos en parejas para vigilar a nuestros compañeros.

—Mireya, tú puedes ir con Edgar, ya que es el más nuevo en esto —propuso.

Miré a la Rojita de soslayo, queriendo que reclamara, pero aceptó sin más. Tragué grueso, no quería estar a solas con Natalia, sentía que podía llevarme a un rincón para enterrarme sus colmillos y succionar toda mi sangre como la vampira que era. Eso o que me envolvería con sus garras hasta desgarrar mi carne. No sabía por qué pero no me daba buena espina.

—O yo puedo ir con Mireya —sugerí. Los tres me miraron atentos y me sentí cohibido, pero no se los demostré.

—Bueno, si quieres puedes ir con Edgar —mencionó Natalia, poniendo sus brazos en jarra—. Ya sabes, yo iría con él pero creo que Mireya y tú pueden guiarlo mejor, ¿no creen?

¿Por qué decía eso, si ella era la de las ideas? Abrí la boca para objetar pero su mirada penetrante me hizo asentir.

—No, mejor que Mireya vaya con él, total.

—Bueno, ya está decidido. —Sonrió con gentileza—. No hay que perder el tiempo.

Natalia me rodeó el brazo y comenzó a caminar, guiándome hacia la cancha de la escuela. Normalmente los alumnos preferían estar en la cafetería, o en el pasillo, pero había algunos neandertales que les gustaba jugar futbol y sudar como puercos en el sol del mediodía.

—He estado vigilando a Dalia, pero no creo que haya sido ella, no se atrevería —comentó de repente.

—No sé por qué sospechas de ella, si es tu amiga en primer lugar —murmuré. De repente Natalia me soltó del brazo y se me quedó viendo. ¿Qué? ¿Había dicho algo malo?




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