Mireya
A la salida, Edgar y yo, que estuvimos reuniendo información acerca de nuestros compañeros, nos acercamos a Natalia y Ariel para saber qué investigaron, pero no descubrieron nada que no supiéramos. Lo curioso fue que Ariel parecía más distraído e indiferente de lo normal.
—¿Todo bien? —Le pregunté.
—Claro, ¿por qué no lo estaría?
Me encogí de hombros con su respuesta.
Por mi parte, hubiera dejado el asunto de lado de no ser por los comentarios mordaces, los insultos y las risas burlonas. Como Valentina ya no me defendía, los chicos creían que tenían el derecho de meterse conmigo.
No servía quejarse con los profesores, como no tenía ningún culpable, nadie aceptaría la responsabilidad. En una clase me aventaron un avión de papel que cayó justo en mi escritorio. Desdoblé la hoja y vi que tenía escrito «PUTA». La arrugué de nuevo para tirarla a la basura pero el profesor de esa hora me la arrebató.
—Chicos, les dije que no se pasen notitas en clase… —Se quedó serio cuando la desenrolló y vio lo que decía. Todos se quedaron callados, expectantes.
Suspiré con alivio, creyendo que por fin un adulto responsable se daría cuenta de la situación e intervendría, pero lo único que hizo fue echarse un sermón toda la hora acerca de lo perjudicial que era el bullying. «Mejor nadota» pensé.
Fuera de él, los demás maestros no notaban nada extraño o si lo hacían, fingían demencia.
La mala noticia fue que ni mis investigaciones ni las de mis amigos rindieron frutos. Estábamos cada vez más alejados de descubrir al culpable. Suspiré con fastidio, rogando que terminara pronto.
***
Ariel
Ya estaba acostumbrado a pasar el receso con Mireya. A pesar de que me hablaba de sus historias y me contaba los avances de su novela de Aristóteles y Luis, y de cómo la malvada Juanita, prometida de uno de ellos, les hacía la vida imposible por no entender que esos dos eran jotos. Estaba medio interesante, si ignoraba el nombre de mi tío.
De vez en cuando nos seguíamos reuniendo para ver qué evidencias encontrábamos del caso de Mireya, pero sentía que era más por costumbre que por otra cosa. Es más, en esos últimos días los ataques hacia Mireya pararon y pensé que por fin la dejarían en paz.
Como siempre, Natalia me jaló para caminar por los pasillos de la escuela. Me aburría estar a su lado, no me contaba nada interesante, al menos Mireya me entretenía contándome las tramas de sus novelas, pero esta parloteaba de cosas que solo le interesaban a ella. Mientras daba un bostezo, mencionó algo que llamó mi atención.
—Qué bueno que ya se calmaron con Mireya. Ya no tendremos por qué cuidarla tanto —sonrió—. Por lo menos tú, que te la pasabas con ella todo el día.
—Me gusta pasar tiempo con ella —acepté. Natalia me miró con atención.
—¿Ah, sí? —Ladeó la cabeza—. Me sorprende, ya que tú no le agradas mucho.
—¡¿Qué?! —Exclamé—. ¿Cómo sabes eso? ¿Te dijo algo?
—Mmm, no creo que deba decirlo. —Colocó la mano en su cuello con incomodidad—. Es algo que me confió a mí.
—¿Pero qué dijo? —La vi con atención.
—Bueno, te diré, pero no le digas nada. Me dijo que le sigues pareciendo creído, pero te habla por compromiso, ya sabes, como no te le separas. Aunque preferiría que no te le acercaras tanto para que pueda hablar más con Edgar, solo que no te menciona nada porque le parece maleducado decirte que te alejes. —Se encogió de hombros—. Ya sabes cómo es Mireya, muy penosa, le cuesta decir las cosas de frente, pero no creo que su intención sea mala, simplemente una prefiere pasar más tiempo con el chico que le gusta y…
Dejé de escuchar a Natalia, que seguía dándome explicaciones. Me sentí desanimado y me arrepentí de haber preguntado. «Pero creo que al final es mejor saber la verdad para evitar ilusionarme más».
***
Mireya
No sabía qué mosquito le había picado a Ariel pero de repente se mostró más distante conmigo y más apegado a Natalia. Me pareció extraño porque siempre que estábamos a solas decía cosas malas de ella. «Supongo que me hizo caso y le empezó a agradar» pensé.
La peor parte del día era en los recreos. Algunas veces Edgar hablaba conmigo, pero él ya tenía su grupo de amigos. Y Natalia, a pesar de ser mi amiga, pasaba más tiempo con Valentina y con Dalia.
Como no tenía con quién hablar, me senté en el pasillo desolado y saqué mi cuaderno para seguir escribiendo la historia de Aristóteles y Luis. Era mejor estar ahí que en la cafetería, en ese lugar se sentía el ambiente más tenso.
Entonces Juanita se acercó a Aristóteles, llorando como la perra arrastrada que era, migajera como ella sola, rogando que no la abandonara.
—Por favor, Aristóteles, no me dejes por ese Luis, ¡es pobre!
—A mí no me importa que sea pobre, Juanita, él es el amor de mi vida.
—¡Pero no puedes vivir de amor! Recapacita, Aris, recapacita. Además si me vas a dejar por alguien, mínimo que sea por un güerito y no por uno que tenga la piel color cartón mojado! —Juanita, como siempre, hacía sus comentarios racistas y clasistas.