El perfecto y arrogante Ariel

Capítulo 13.

Ariel

Desde que me enteré de que a Mireya no le gustaba pasar tiempo conmigo, traté de separarme de ella. Fue difícil, siempre fui un chico solitario, pero era agradable tener con quién pasar el rato. «Pero solo para mí» pensé decepcionado.

Lo que más me disgustaba era el trato de Natalia. No sabía qué mosquito le había picado, pero de repente era más amable, trataba de incluirme en el grupo y, siendo presidenta de la clase, me preguntaba mi opinión acerca de asuntos de la clase.

—¿Qué actividades deberíamos hacer en el campamento? —Como nadie opinaba, siguió—. ¿Nadie? ¿Alguna idea, Ariel?

En nuestra escuela, era normal que los cursos hicieran diferentes actividades como la feria de Ciencias, el Open House, campamentos, pequeños viajes para conocer museos y monumentos históricos. A nuestro grupo le tocó acampar y, aunque en general no me interesaban las actividades al aire libre, me dieron ganas de ir a tomar aire fresco y conectar con la naturaleza.

—Emmm… Pues una fogata y así.

—¡Excelente idea! Iremos anotando todo en el pizarrón…

Sentí las miradas de los demás sobre mí. «Agh, ¿para qué me pregunta a mí? No es como que me interese involucrarme en esos proyectos grupales». Noté que Wilfredo y Javier me vieron con enfado. Claro, a ellos les gustaba Natalia y no les agradaba que me prestara tanta atención. No podía culparlos, a mí mismo me incomodaba.

De repente sentí la mirada de Mireya sobre mí. La miré y se dio cuenta, pues en seguida desvió su vista a la pizarra. Fruncí el entrecejo. «Ella se lo pierde».

Esa misma tarde, le entregué a mis padres el permiso para el campamento, tenían que firmarlo para dárselo al profesor encargado. Papá se oponía con firmeza, indicando que era muy chico para ir solo a un lugar extraño.

—Ay, por favor, papá, ya tengo dieciséis…

—Igual eres chiquito. Además a ti ni te gusta ir a esas cosas, ¿por qué de repente quieres ir?

—Pues no sé, supongo que para salir de la rutina. —Tenía muchas cosas increíbles en casa: los mejores videojuegos, una pantalla enorme en mi cuarto, una impresora 3D, ¿pero de qué servían si no las podía compartir con nadie?

—Déjalo ir, Adonis. —Karen intervino—. Es bueno para él que pase tiempo con sus compañeritos. Siempre ha sido un niño muy solitario. —Auch, que mi propia madre dijera eso me hizo sentir mal.

—Pero…

—No le pasará nada —aseguró—. Además le diré a Lira que le haga un hechizo de protección.

—Por favor, no lo hagas —rogó Adonis—. Pero bueno, Ariel, ya que tienes muchas ganas de ir, tendrás el permiso firmado. Pero si en algún momento quieres regresar a casa, tú llámame. No me importa que sea en la madrugada, yo iré por ti —aseguró. Le sonreí con sinceridad. Mi padre era el mejor de todos.

***

El viernes a primera hora, mis compañeros y yo nos encontrábamos junto con nuestros padres, esperando el autobús que nos llevaría al lugar donde acamparíamos. Papá seguía insistiendo en que podía quedarme si no me sentía seguro y que en cualquier momento en que se lo pidiera, él personalmente iría por mí. Se lo agradecí, asegurando que no era necesario.

Mamá, que llevaba la carriola con los gatos adentro, era el centro de las miradas. Solo esperaba que no me molestaran mucho por eso. Por más que insistí en que no los llevara, ella aseguró que mis hermanitos querían desearme un buen viaje.

Vi de reojo a mis compañeros con sus padres. Mireya estaba con su papá, que al igual que el mío, le hacía recomendaciones. De repente el señor Muzquiz nos miró y se acercó para saludar.

—Buenos días, señores Gold —dijo sonriente, extendiendo la mano. Adonis no quiso corresponder el gesto, pero Karen sí lo aceptó.

—Buen día —sonrió—. Hola, Mireya, ¿preparada para el viaje?

—Sí, señora. —Se fijó en mí, pero desvió la mirada.

—Pfff… —No pude evitar resoplar. Me volvió a enfocar con el entrecejo fruncido, pero en seguida se volteó, haciéndose la digna.

«¿Qué le pasa? ¿Hasta le molesta verme?». Apreté los puños. «Agh, debo calmarme».

De repente la madre de Edgar se acercó para saludar a mis padres y al señor Muzquiz y Mireya, aprovechando que su enamorado estaba junto a su madre, empezó a hablar con él. Rodeé los ojos y vi a mis otros compañeros sin mucho interés.

La madre de Valentina llamó mi atención. Era una mujer alta, que llevaba puesto un top y unos leggins deportivos, su cabello rubio lo llevaba amarrado en una coleta alta y parecía prestarle más atención a su celular que a su hija.

—Mamá, ¿terminaste de mensajearte con tus amigas?

—Ahora no, bebé, mamá está viendo qué rutina le tocará en el gym.

—¡Mamá! —Se quejó—. Por favor, compórtate como una mamá normal. —Se cruzó de brazos.

—Ya, Valen, deja de hacer escándalo. —De repente sonó su celular—. ¿Aló? Sí, soy yo, Brittany, ¿qué pasa?

—Ya, Valen, no te molestes por nimiedades. —Un hombre mayor se dirigió a ella. Era un señor canoso, llevaba un traje formal y un bastón, pero lo que más me llamó la atención fue que tenía puesto un anillo de oro muy grande—. ¿Empacaste todo lo que te dije?




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