El perfecto y arrogante Ariel

Capítulo 14.

Ariel

El siguiente día no fue muy diferente del viernes. Valentina seguía arrasando en todas las competencias, Natalia estaba ocupada con los profesores, viendo que todo el programa se cumpliera al pie de la letra, sin contratiempos, y los demás se divertían, se tomaban selfies en la búsqueda de tesoros, charlaban, etcétera.

Mientras, Mireya y yo nos sentamos todo el día y nos pusimos al corriente de todas las charlas pendientes. Jamás me sentí tan complacido al ser ignorado por mis compañeros. Mireya y yo éramos los apartados, así que nadie preguntaba por nosotros, pero eso nos sirvió para estar tranquilos, a la sombra de un gran árbol, mientras los demás corrían de un lado a otro bajo los rayos del sol.

La mala noticia fue que de nuevo tuve que compartir la tienda con Javier, pero lo bueno fue que estaba tan cansado como para buscar pleito, que me ignoró por completo.

El domingo a primera hora, empacamos todo para regresar a casa. Subí al autobús para apartar el lugar, en general no me gustaba ir hasta atrás porque estaba el baño, así que escogí un asiento de en medio. Mientras esperaba a Mireya, Natalia sonrió al verme y se quiso sentar a mi lado, pero coloqué mi maleta en el asiento.

Parpadeó varias veces, sin poder creer lo que veía.

—Ariel…

—Lo siento, Natalia, pero está apartado para Mireya.

Por un momento, su semblante se descompuso. A pesar de querer mantener la compostura, noté sus ojos llenos de rabia sobre mí.

—Pero…

—Disculpa, es que quedé de regresarme con ella. —Me levanté y me acerqué para que nadie más escuchara—. Mireya y yo pudimos arreglar nuestro malentendido.

—¿Ah, sí? —Sonrió. De seguro quiso parecer complacida, pero a mí me pareció aterradora.

—Sabes, Natalia, no me gusta que pongan en mi boca palabras que no dije —advertí con un gesto serio.

Vi cómo su rostro pasó de blanco a rojo en un segundo. No supe si fue por la vergüenza de ser descubierta, por el enojo de que lo que sea que planeó salió mal, o por ambas situaciones.

Aplanó los labios y sin decir nada más, se dio la media vuelta para sentarse junto a Dalia. Un par de minutos después subió Mireya y le hice una seña para indicarle que le guardé el asiento.

Hasta lo último, como siempre, subió Valentina y, cuando notó que Natalia y Dalia iban juntas, soltó un resoplido.

—Agh, ¿ahora con quién me voy a sentar?

—Puedes sentarte aquí —dijo el Sabelotodo, señalando el lugar vacío junto a él.

Valentina suspiró y caminó hasta Edgar. Era bien sabido por todos que esa chamaca estaba en su etapa de «odio a los hombres» y los evitaba lo más que podía, no obstante, tenía que admitir que el Sabelotodo sabía actuar como un caballero, así que nunca tuvo problemas con él. Representaban una combinación extraña, ya que casi no hablaban entre ellos y eran polos opuestos.

Cuando regresamos a la escuela, mis padres, al igual que los de mis compañeros, nos esperaban en la entrada. Le ayudé a Mireya a cargar su maleta, a pesar de que insistió que no era necesario.

—No te preocupes, puedo con eso y más… —En ese momento me tropecé y casi caigo de bruces de no ser porque ella me jaló hacia atrás.

—Ten cuidado, Ariel. A ver, dame mi maleta —exigió. Me sentí apenado, quería demostrarle que era fuerte, pero terminé haciendo el ridículo, así que le extendí su cochino equipaje.

—¡Mi bebé! —Escuché a Adonis, así que volteé hacia él haciendo una seña para que se callara, pero no me entendió o si lo hizo, me ignoró—. ¿Cómo te fue? —Me escaneó completo y se dio cuenta que llevaba las rodillas con curitas—. ¿Qué te pasó? —Preguntó preocupado, colocando su mano sobre mi frente—. ¿Te lastimaste? ¿Alguien te hizo eso?

Karen, que se acercaba llevando la carriola con los pinches gatos, me miró con atención.

—¿Qué pasó?

—Nada, ma, solo me tropecé, pero no fue la gran cosa. —Le resté importancia. Sentí la mirada de Mireya sobre mí, de seguro creyó que les diría lo del ataque de pánico, pero no lo vi necesario.

—¿Te tropezaste? ¿Y no me llamaron? ¡Voy a demandar a la escuela!

—No, papá, no es necesario —pedí—. Por favor, no.

—Bueno, el niño está bien —dijo mamá—. Solo fue una pequeña caída, pero mi bebé es fuerte, ¿verdad?

—Sí, mamá, recuerda cuando me cuidaba la abuela Jessica —le recordé—. Su trato y el de las trillizas me hicieron lo que soy ahora.

—Aww, mi bebé ya creció… Ah, hola, Mireya, ¿cómo estás? ¿Te gustó el viaje?

—Sí, señora, estuvo muy bonito.

—¡Cielito! —El papá de Mireya se acercó a nosotros.

—¡Papá! —Exclamó la pelirroja, cerrando la distancia hacia él para darle un abrazo.

—¿Cómo te fue?

—Muy bien, papá.

—Señores Gold. —Se dirigió a mis padres—. ¿Cómo han estado?

—Bien, eso le dijimos hace tres días —respondió papá. No podía creer que aún siguiera enojado por la historia de Mireya, ¡hasta Edgar lo había superado!, y Adonis nada más no quería. Podía ser muy cansón si se lo proponía.




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