El perfecto y arrogante Ariel

Capítulo 15.

La siguiente semana estuvo tranquila. Esperé algún ataque de mis compañeros por el inconveniente que tuve con Natalia, sabía que si ella se victimizaba, podía lograr que los demás sintieran más aversión por Mireya o por mí, pero gracias a que no la exhibí frente a los demás, no hubo problemas.

Y ya que había hecho las paces con Mireya, volví a pasar tiempo con ella en los recesos. Éramos los bichos raros, los solitarios, pero era agradable volver a estar juntos, encerrados en nuestra burbuja.

El sábado, quince minutos antes de las dos, mamá estaba en el patio trasero, terminando de colocar la mesa, mientras papá terminaba de cocinar. Adonis decidió encargarse de la comida y se lo agradecí, pues mamá solo hubiera abierto latas de atún para todos. No era buena cocinando y creía que a todo el mundo le gustaba el pescado como a sus gatos.

Hubiera sido fácil decirle a Joana que preparara algo, pero Adonis quiso ocuparse de todo, indicando que una comida casera era mejor opción.

—Mis primos y yo teníamos a los mejores cocineros, pero para nosotros era mejor ir a comer con tu abuela Jessica. El ambiente se sentía muy familiar —comentó Adonis, mientras terminaba su labor en la cocina—. Listo, ya está todo, ahora esperar a que lleguen… No creas que me agrada mucho esa niña, aún recuerdo que te hizo sentir mal al escribir esa historia.

—No fue su intención —la defendí—. Ojalá te pusieras así con las trillizas, esas sí que me hicieron pasar malos ratos.

—Ay, Ariel. —Se lamentó—. No creas que me agradan tanto, pero las tolero porque son mis sobrinas.

En ese momento sonó el timbre.

—Deben ser ellos.

Me dirigí a la entrada donde Benito, el mayordomo, recibió a Mireya y a su familia.

—¡Ariel! —La primera en notarme y correr hacia mí fue Mica. Saltó hacia mí y la alcé un poco. Una vez que la dejé en el suelo, le eché un vistazo. Llevaba un vestido rosa y dos coletas, lucía muy tierna.

—Mica, ¿cómo estás?

—¡Bien!

—Hola, Ariel —saludó Mireya. Alcé la vista y vi a mis futuros sue… a los padres de Mireya.

Diego me mostró una cálida sonrisa. No obstante, la madre de Mireya me escaneó de pies a cabeza, su mirada dura sobre mí me amedrentó un poco.

—Ella es mi mamá, se llama Mildred. —La señaló Mireya. La volví a enfocar, tenía un porte elegante e intimidante. Llevaba su cabello pelirrojo hacia un lado, sus ojos eran afilados y castaños, y su nariz delgada. Micaela era una versión pequeña y menos amenazante de ella, se parecían un montón.

—Mucho gusto, señora. —Le tendí la mano. Ella me correspondió el gesto.

—El gusto es mío, Ariel. Por fin tengo la dicha de conocerte en persona —comentó—. Mis hijas me han hablado mucho de ti.

—¿Ah, sí? Espero que sean cosas buenas. —Coloqué la mano en mi cuello, sintiéndome apenado.

—Sí… Me pareces familiar, Ariel —comentó de repente—. ¿Cómo te apellidas?

Estuve a punto de responder, pero en ese momento mis papás hicieron presencia. Karen saludó con su típica amabilidad, pero Adonis se puso pálido al verlos.

—Vamos al jardín trasero —indicó mamá. Mica la siguió dando saltitos y Diego fue tras ella.

—Ten cuidado, mi vida, no vayas a romper algo… —Demasiado tarde, la niña de pronto alzó los brazos y rompió otra figurita de mamá—. Ay, ya lo tiraste.

—No se preocupen, ahorita se limpia —dijo Karen con tono despreocupado.

Estuve a punto de avanzar con ellos, hasta que noté que Adonis seguía en su lugar. Parecía que había visto un fantasma.

—Tú… —Alcancé a escuchar. Volteé hacia donde se dirigía su mirada y me di cuenta de que enfocaba a la madre de Mireya.

—Adonis… —respondió ella con la voz llena de desagrado.

¿De qué me perdí? ¿Se conocían?

—Mamá, vamos. —Mireya tomó a su madre de la mano, sacándola de sus pensamientos. Ambas pasaron de lado, siguiendo a Karen, y yo miré a Adonis con duda.

—¿Qué pasó, papá? —Pregunté.

—Debe ser una jodida broma —masculló, ignorándome. Fruncí el entrecejo, me molestaba no entender nada.

En el jardín trasero, Micaela era la única que hablaba y contaba chistes.

—¿Qué le dijo una flor a otra flor…? ¡Nos dejaron plantadas! —Empezó a reírse. Mamá, con su humor de niña de cinco años, también rio.

—¡Qué graciosa!

—¿Verdad? Mis abuelitos dicen que soy la mejor comediante.

—Sí lo eres —dijo Karen de forma no irónica. De repente se enfocó en la mamá de Mireya—. Oye, me pareces familiar…

—No me digas —contestó. ¿De dónde se conocían?

—Sí. ¿Fuimos compañeras en la primaria? —Karen colocó sus dedos índice y pulgar en la barbilla, pensativa.

—No.

—¿En la secundaria?

—No.

—¿En el bachillerato?

—No —respondió con fastidio.

—¿Entonces en la uni? Pero no recuerdo haber tomado clases contigo…




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