Ariel
—¡Papá, ¿qué fue eso?! —Me quejé en cuanto llegué al jardín trasero—. No sé qué problemas tuviste con la mamá de Mireya, pero tu comportamiento no fue el de siempre —lo regañé. Adonis era una persona tranquila, excepto cuando se trataba de mi seguridad, pero en general no iba por ahí buscando pleitos con los papás de mis compañeros.
—Hijo. —Me miró con pena—. Tenemos que hablar…
—Dilo. —Me senté en la silla frente a él, dispuesto a escuchar.
—Bueno, cuando tus tíos y yo estábamos en la prepa, tu tía María Susana se inscribió en nuestra clase…
—Sí, papá, esa historia ya me la sé… —dije aburrido.
—¡No me interrumpas! ¿En qué estaba…? ¡Ah, sí! Tu tía María Susana llegó a nuestro salón y… digamos que no fue muy bien recibida por ciertas personas. —Hice una seña para que continuara—. Sobre todo por las chicas… Una de esas chicas era Mindy, o la señora Mildred para que me entiendas.
—Ah, ¿entonces ella se llevaba mal con la tía Maricucha?
—Síp. —Asintió—. Al principio pensé que se peleaban por niñerías, porque siempre andaban discutiendo e insultándose, pero en una ocasión Mindy y sus amigas golpearon a tu tía.
—¿Eh? —Lo miré con la ceja alzada. Me parecía extraño que una señora que lucía tan refinada se hubiera atrevido a hacer eso.
—Así fue. Entre las tres la agarraron a golpes y tu tía, siendo tan pequeña y débil, no se pudo defender.
—Vaya —musité—. No lo hubiera imaginado.
—¡Ah! —Mamá, que escuchaba con atención, exclamó—. Con razón se me hizo familiar, de ahí era que la había visto… ¡Qué pequeño es el mundo!
—Sí. Ariel —Adonis me miró con atención—, creo que sería mejor que ya no hablaras con esa niña Mireya…
—¡¿Qué?! —Exclamé molesto—. ¡¿Qué tiene que ver Mireya con eso?!
—Pues es su hija, sería incómodo para todos, ¿no crees? —Quería convencerme, pero no lo lograría.
—Para mí no, papá, yo no tengo nada que ver con eso y Mireya tampoco. Lo pasado, pisado. Lo que no fue en tu año, no hace daño.
—Pero… ¿Qué no quieres a tu tía María Susana?
—Sí, papá, pero recuerda que la tía Maricucha engendró y parió a las trillizas y esas han sido lo peor que me ha pasado en la vida, ¿así que me siento mal por ella?, pues sí, ¿pero eso influenciará mi relación con Mireya?, ¡pues no!
—¡Ariel! —Me miró con el ceño fruncido—. Te prohíbo que le hables a esa muchachita…
—Sí, papá, lo que digas.
—No me vas a hacer caso, ¿verdad?
—Sabes que no.
—Agh, mugroso chamaco —se quejó—. ¡Igualito a tu tío Aris! De que le entra una idea con una chica… Ahora comprendo a mi tía Idara, siempre le dijo que no le convenía esa niña y el Aris hizo lo que quiso, como siempre…
—¿Estás hablando de mi hermana? —Karen ladeó la cabeza, mostrando una sonrisa aterradora, pero papá ni caso le hizo.
—Tenías que sacar ese lado de los Gold —siguió despotricando—. Les voy a decir a tus tíos para que me ayuden a convencerte…
—Haz lo que quieras, papá —dije con tono aburrido.
—Chamaco este… Ni se te ocurra volver a invitar a la familia de Mireya a la casa…
—No sé, tengo que quedar bien con sus papás, después de todo serán mis suegros y en un futuro voy a pasar más tiempo con ellos que con ustedes.
Adonis me miró con el entrecejo fruncido, era la primera vez que lucía tan molesto conmigo. «Creo que sí me pasé» pensé.
—Pues ojalá a esa chica le prohíban hablarte.
—¿Y por qué lo harían?
—¿Recuerdas el libro de insultos de tu tío Aquiles? Pues le dije a su madre todo eso.
—¡¿Qué?! Ay, papá, ¿qué hiciste? —Me quejé.
—La puse en su lugar… Y tu tía Lira le arrancó el dedo.
—¡¿Qué?! —Exclamé—. ¡No puede ser! ¡Esta familia me arruinó antes de haber nacido!
Negué con la cabeza. «Ojalá no le impidan a Mireya hablarme».
***
Mireya
Cuando llegamos a casa, mamá se sentó en el sofá y lanzó un suspiro.
—Agh, qué día tan pesado —musitó. Papá fue a la cocina para servirle un vaso de agua y se lo extendió—. Gracias.
Mi padre aprovechó para llevar a Mica a su cuarto, que estaba somnolienta por el traslado en el auto.
—Iré a acostarla. —Cargó a Mica para llevarla a su habitación—. Ahora vuelvo.
Ambas nos quedamos sumidas en un silencio sepulcral, así que me atreví a hablar.
—Mamá. —Me acerqué a ella y me senté a su lado—. ¿Tan mal te llevabas con el papá de Ariel?
—No quedamos en buenos términos, como pudiste notar.
—¿Él fue malo contigo? —Me preocupé. Ariel me caía muy bien, pero no creía ser capaz de convivir con el hijo de alguien que trató mal a mi mamá.