Ariel
El siguiente lunes, al llegar a la escuela, me encontré con Mireya en la entrada. Papá, que todavía estaba en el auto, me hizo una seña para que me separa de ella, pero lo ignoré, entrelazando mi brazo con el suyo. Adonis me miró un gesto enojado, no obstante me enfoqué en la Rojita, que me vio con extrañeza.
—¿Y eso?
—Nada. ¿Qué hiciste ayer?
—Estuve tratando de investigar acerca de nuestros padres, pero no logré entender nada. Mencionaron tantas cosas que no las pude conectar en mi mente. —A diferencia de ella, yo sabía todo, sin omitir ni un detalle—. ¿A ti te dijeron algo?
—Nah —respondí. Decidí que era lo mejor cerrar el pico, si a ella no le prohibieron hablarme, mejor para mí que no se enterara de lo que sucedió en el pasado con nuestras familias.
Mireya comentaba acerca de la conversación que tuvo la señora Mildred con sus amigas, cuando al entrar al salón vimos que, de nuevo, el pizarrón estaba rayado con un mensaje desagradable que decía: «MIREYA ES UNA ZORRA Y ARIEL ES SU PERRO FALDERO».
«Creí que ya se habían terminado los comentarios mordaces y malintencionados» pensé. «Ya hasta me embarraron también. Ya ni modo».
Volteé hacia Mireya, que a diferencia de otras ocasiones, no parecía triste sino enojada.
Caminó hacia el pizarrón, ignorando las miradas burlonas, tomó el borrador y quiso quitar eso, pero no pudo. Talló con más fuerza, pero el plumón no desaparecía.
—¡Agh, ¿por qué no se quita?! —Su tono sonó frustrado. Me acerqué y la tomé del brazo—. ¡¿Qué?! —Volteó con furia, pero al verme frente a ella, su gesto se suavizó—. Oh, eres tú…
—Es plumón permanente —le dije. Me miró con un gesto intranquilo, así que la tomé del hombro—. Déjalo ahí, a ver si esta vez los profesores hacen algo.
Ese día tocaba clase de Física a primera hora y todos estábamos expectantes, queríamos ver si el profesor se atrevería a reprender al salón o a pedir que el culpable confesara, pero cuando entró y vio el pizarrón, volteó hacia Mireya y la regañó.
—Señorita Mireya, ¿puede explicarme qué es eso? —Señaló la pizarra.
—Pues el pizarrón —contestó. A diferencia de otras ocasiones, no titubeó ni se mostró intimidada. Casi me rio. «Bien dicho, Rojita».
—Lo sé, ¿pero por qué tiene eso escrito?
—Yo qué sé. —Se cruzó de brazos.
—¡Señorita Mireya! No me conteste con ese tono —le advirtió—. Quiero que vaya por agua y jabón para lavar eso.
Que la máxima autoridad del salón dijera eso fue una burla. Volteé hacia los demás e incluso noté la indignación de Edgar, Valentina y Wilfredo, pero en seguida me fijé en Natalia, que tenía una sonrisita maliciosa dibujada en el rostro. «¡Fue ella! ¿Cómo no me di cuenta antes?».
—Profesor, esto debe ser una mala broma —dije con voz firme, atrayendo la atención de los demás—. Se supone que el culpable tiene que corregir el error, no la víctima.
—Ah, señor Gold, ¿entonces usted quiere limpiar eso? Ya que la pizarra tiene escrito su nombre y el de Mireya.
—Ajá, y de seguro ella o yo vamos a escribir eso. Piense tantito, profesor, que para eso sirve la cabeza. —Me levanté del asiento y me dirigí hacia Mireya, ignorando las exclamaciones de asombro de mis compañeros—. Y nosotros no vamos a limpiar nada, si quiere limpie usted con la lengua.
Sin decir más, tomé del brazo a la Rojita y salimos del salón, ignorando los reclamos y amenazas del profesor. Una vez que estuvimos a solas en la cancha, hablé.
—¿Estás bien?
—Después de tremendo enojo que me llevé, sí, ya estoy mejor —suspiró.
—Emm, Mireya, no me lo tomes a mal, ¿pero por qué no les dices a tus padres lo que está sucediendo? —La miré de reojo—. Con el carácter de tu madre, se ve que pondría la escuela patas arriba al enterarse. —La Rojita rio un poco.
—Sí, pero no quiero preocuparlos por tonterías.
—No creo que esto sea una tontería, si lo dejamos, va a escalar más y más.
—Lo sé, pero quiero resolver esto por mi cuenta, por una vez quiero… No sentirme como una inútil.
—Rojita —la tomé de las manos—, no está mal pedir ayuda a tus seres queridos. No te hace menos.
—Lo sé, pero… Voy a intentarlo una vez más, solo una.
—Está bien —suspiré—. Hay que poner una cámara oculta para ver quién está escribiendo eso.
—Pero… Está mal grabar a la gente sin su consentimiento, ¿no crees?
—Uy, señorita, no me digas que te están insultando con tu consentimiento. —La solté de las manos. A veces era bien mensa—. Para la otra dime y así no me enojo tanto.
—Ariel —se quejó—, es en serio.
—Yo igual lo digo en serio. El primer paso es descubrir quién fue, una vez que sepamos eso, ya veremos cómo actuar. Me hago una idea de quién puede ser, pero mejor no hablo hasta estar seguro.
—¿Quién es? —Me miró con expectativa.
—Primero pongamos la cámara. —No quería decirle mis sospechas de Natalia, a pesar de todo, todavía la consideraba su amiga. Era mejor que se diera cuenta por sí misma.