«Que no cunda el pánico» pensé. No podía pedirle consejos a papá, pues estaba en contra de que me llevara bien con Mireya, así que el tío Aquiles fue mi primera opción. Decidí mandarle un mensaje instantáneo.
Yo: Tío, ayuda, qué se hace en una cita?
No tardó ni un minuto en responder.
Tío Aquiles: ¿Vas a tener una cita con tu novia?
Yo: Algo así, quería saber si me puedes dar algún consejo. Tecleé con rapidez.
Tío Aquiles: Ahorita voy a tu casa…
Yo: No, tío, no es necesario, solo escríbelo por chat.
Envié pero no tuve respuesta. «De seguro ya viene en camino» pensé. No me equivoqué, después de unos veinte minutos, Aquiles llegó a la casa. Saludó a mamá e ignoró a Adonis, que le preguntó qué hacía en casa.
—Te estoy hablando, ¿a qué viniste? No me digas que te peleaste con Lira y vas a dormir acá como la otra vez.
—No, nada de eso —respondió—. Vine a ver a mi sobrino favorito. —Me señaló.
—¿Y eso? —Preguntó papá.
Aquiles me miró y le empecé a hacer señas para que no dijera nada, no quería que me delatara con papá, pero él alzó una ceja.
—¿Qué te pasa, Ariel? ¿Quieres ir al baño?
Me pasé las manos por el rostro con frustración y volví a mover mis brazos, alzando el dedo índice para hacer la seña de «no», pero frunció el ceño.
—Eres igualito a tu mamá, no se les entiende nada y hacen señas raras. Pero bueno, volviendo al tema, estoy aquí porque mi querido sobrino Ariel me pidió consejos para una cita —sonrió con suficiencia.
—¡Ah! —Papá hizo un gesto de indignado y me enfocó con mirada acusadora—. ¿Cómo, Ariel? —Se tocó el pecho con indignación—. ¿Por qué le pides consejos a Aquiles en vez de a mí?
—Pues es obvio —respondió Aquiles—. Ariel va a salir con la hija de Mindy y sabe que estás inconforme. —Asentí con la cabeza varias veces, dándole la razón.
—Agh —suspiró resignado—. Pero yo te puedo dar mejores consejos que tu tío. Era bien patán. —Lo señaló. Aquiles abrió la boca con indignación—. Sus novias siempre acababan resentidas con él, claro, hasta que conoció a Lira, con ella el adolorido terminó siendo él… literalmente. Pero el chiste es que todas sus exnovias lo terminaban odiando.
—Ay, claro que no, las que terminaban resentidas y te odiaban eran las tuyas porque no las tomabas en serio —reclamó Aquiles—. Bueno, hasta que conociste a la gata mayor.
Ambos se miraron con rivalidad y yo carraspeé para atraer su atención.
—Bueno, quedó claro que ustedes no son los mejores para dar consejos, pero algo deben saber, así que qué me recomiendan.
—Tú paga todo, Ariel —dijo Aquiles, recargándose en el sofá—. Nada de cincuenta y cincuenta, si empiezan con eso, no te tomará en serio como novio.
Volteé hacia papá y él solo asintió con la cabeza repetidas veces, dándole la razón a su primo. Mi tío me recomendó estar preparado para la conversación, tener confianza e incluso me dio lecciones del lenguaje corporal.
—No tengas miedo de mostrarte tal cual eres —comentó Adonis de repente—. No finjas ser alguien más para agradarle.
—Entendido —respondí—. Pagar todo y ser yo mismo. Suena fácil.
—También tienes que saber cantar —siguió papá—. Ya sabes, por si quieres llevarle serenata, o si se presenta la ocasión, como en esas películas musicales juveniles que le gustan a tu tía, donde los adolescentes cantan de la nada.
—¿Qué? —La misma duda que tenía la preguntó Aquiles—. Nada que ver. Lo que sí debes saber es jugar futbol —se dirigió a mí. ¿Doble qué?—. Ya sabes, para dedicarle un gol en algún partido importante.
—Qué nacada es esa —se quejó Adonis—. Pero sí debes recordar tus clases de piano, así si en alguna velada hay uno y te obligan a usarlo, sabrás qué canción tocar.
—¿Por qué me obligarían a tocar el piano? —Me quejé.
—Ay, no sé, hijo, ¿pero qué no ves las redes sociales? Hay gente muy extraña allá afuera.
«Sí, como tú» pensé. Empezaron a darme un montón de consejos ridículos pero lo peor fue que el mismo sábado, las trillizas se presentaron en mi casa para «darme ánimos». Me estaba terminando de arreglar, cuando tocaron la puerta.
—Adelante.
Mamá abrió y se asomó.
—Ariel, tus primas vinieron a saludar.
—¡No las dejes pasar! —Exclamé pero fue demasiado tarde, pues las trillizas entraron detrás de ella.
—Hola, Ariel —saludó Artemisa con esa sonrisa sádica que la caracterizaba. Atenea ni siquiera preguntó, se echó encima de mi cama con su ropa mugrienta. Afrodita se sentó en un puff.
—Bueno, niños, los dejo, diviértanse, pero sin aventarle bichos a Ariel —comentó mamá, saliendo en seguida del cuarto.
—No te vayas… —Alcé mi brazo para alcanzarla pero fue en vano—. Agh, ¿qué quieren? —Me dirigí a las trillizas—. Apúrense porque en un rato me voy y no las voy a dejar en mi habitación. —Me crucé de brazos.