El perfecto y arrogante Ariel

Capítulo 23.

Ariel

El siguiente lunes, en el receso, Valentina estaba junto a nosotros, hablando pura babosada. Mireya era la única que la escuchaba con atención.

—Mi madre dice no está bien odiar a los hombres porque dizque son hermosos, pero yo no pienso que tenga razón. O sea, ¿como por qué serían hermosos? Son bien idiotas. Sin ofender, Ariel —se dirigió a mí—, pero no entiendo por qué mi mamá dice eso. Es que son mentirosos, infieles, malagradecidos, no hay de dónde se salven. Si pudiera escoger mi sexualidad, definitivamente no elegiría que me gustaran los hombres…

—¿Entonces, te gustan los chicos o las chicas?

—Desgraciadamente soy hetero.

«Se mamó la loca». Mejor omitía mis comentarios y preguntas. De repente, el Sabelotodo se acercó a nosotros. Los tres volteamos hacia él.

—Emmm, chicos, ¿me puedo sentar con ustedes?

—Claro, adelante —respondió Mireya.

Edgar se sentó junto a Valentina y la muy confianzuda recargó su espalda sobre el hombro de él. El Sabelotodo la miró con incomodidad pero no se atrevió a refutarle nada.

—Ay, perdón, es que me duele la espalda. ¿En qué estaba? —Se preguntó a sí misma. Antes de que retomara su anterior conversación, Mireya se dirigió a Edgar.

—¿Sí harás la audición con Natalia? —Preguntó con seriedad. Él hizo una mueca.

—No creo. Ella no me ha dicho nada, así que prefiero no volver a mencionar el asunto.

—Haces bien en no audicionar con ella —comentó Valentina. Edgar la miró de soslayo pero no se atrevió a preguntar nada—. Bueno, como te decía —se dirigió a Mireya—, los hombres no son tan lindos como dice mi madre.

—Bueno, yo no quiero hablar mal de ellos porque quiero mucho a mi papá —comentó la Rojita.

—Sí, yo también adoro a mi papá —dijo la rubia—. Pero no estamos hablando de papás, sino de hombres.

Pensé en refutarle, indicando que su padre definitivamente era un hombre, pero al final decidí cerrar la boca. No obstante, como Valentina siguió hablando pura tontería, mientras Edgar y Mireya la escuchaban con atención, decidí cortar su anterior conversación y decir algo que me interesaba mucho más.

—Mireya y yo decidimos participar en la publicidad escolar —dije de repente, atrayendo la atención de los otros tres.

—¿En serio? —Preguntó Edgar.

—¡Qué bien! —Exclamó Valentina—. Así pueden competir contra Natalia y ganarle.

—¿Crees que le ganen? —Preguntó Edgar.

—Pues sí, ¿o qué? ¿Los ves muy feítos? —Ambos nos examinaron con atención.

—¡Basta! ¡No me vean así! —Exclamó Mireya.

—Cuando ganes, todos te verán en los folletos.

—Pero no me verán como si me fueran a tragar —se quejó la Rojita.

—No es por nada, chicos, no digo que sean feos, pero Natalia tiene todo el apoyo del salón. —El Sabelotodo, como siempre, abría la bocota para arruinar todo.

—Es que por culpa de alguien —dije con tono acusatorio—, me aislaron y ahora no tengo amigos.

—Ay, ya, exagerado, tampoco es que te pierdas de mucho. Además los alumnos no votamos en eso. —Valentina le dio un codazo a Edgar—. Normalmente son los directivos y gente calificada los que se encargan de la publicidad. Tienen mi apoyo, chicos. Puedo ayudar a maquillarte, Mireya, te verás hermosa… —Tomó a la Rojita de las manos y la miró con complicidad—. Vamos a destronar a aquella perra. —Claro, más que «ayudar» a su amiga, quería vengarse de Natalia pero no la culpaba, después de todo, yo también quería participar para eso.

En ese momento, la mencionada pasó junto a nosotros. A su lado iban los lamebotas de Dalia y Wilfredo. La perra mayor ni siquiera volteó a vernos, pero sus achichincles nos fulminaron con la mirada. «Ya verán cuando derroquemos a su abeja reina».

Mientras Valentina parloteaba sin cesar, el Sabelotodo me miró con atención.

—¿Por qué vas a participar en eso, Gold? Creí que no te gustaba ser el centro de atención.

—Pues no, pero no estaría mal que Natalia pierda, para variar.

—¿Solo lo haces porque te cae mal?

—Pues sí. —Me encogí de hombros—. Pero no estaría mal que los demás vieran que Mireya es más bonita.

Edgar me miró con burla y le quise apretar el pescuezo.

—Claro, claro, entiendo. Hay chicas más lindas que Natalia —aceptó.

—Ah, claro, que te gusta alguien, ¿no? —Mencioné en voz alta. Edgar miró de mala manera a Mireya, que me reclamó en seguida.

—¡Ariel, no seas indiscreto!

—La indiscreta fue otra —masculló Edgar con enojo. La Rojita lo miró apenada.

Por su parte, la chismosa de Valentina comenzó a acribillarlo con preguntas.

—¿Ah sí? ¿Quién te gusta? ¿Es del salón? ¿O de otro salón? ¿La conozco?

—No puedo responder a eso —comentó, ruborizándose como tomate.

—Ay, por favor, dime, no seas así. —Comenzó a picarle el abdomen pero Edgar aplanó los labios, dispuesto a no hablar—. Vamos, habla.




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