El perfecto y arrogante Ariel

Capítulo 24.

Ariel

El sábado fui a casa de Mireya con la excusa de que tendríamos que estudiar. En realidad me invité solo y a sus padres no les quedó opción más que recibirme. La casa era espaciosa y bien distribuida; la Rojita me comentó que su padre la había diseñado, planificado y supervisado la obra. Contaba con una sala de estar amplia, muebles cómodos y una decoración minimalista.

En ese momento nos encontrábamos en la sala, pues nos prohibieron ir a su habitación. Eran igual que mi papá.

Mireya y yo veíamos en su laptop videos estúpidos, y Mica, a nuestro lado, pintaba sus dibujitos. Sus padres se encontraban a un lado de nosotros, fingiendo charlar, pero no nos quitaban los ojos de encima. Era un poco incómodo, pero estaba acostumbrado.

—Mamá, papá, ¿Ariel puede venir a vivir con nosotros? —Preguntó Mica de repente. Mildred alzó una ceja y Diego negó.

—No, cariño, Ariel no puede vivir con nosotros —respondió su padre.

—Pero su mamá está loca, su papá es raro y sus primas son malas —dijo con inocencia. En verdad parecía preocupada por mí, gesto que agradecí—. Puede vivir con Mazapán —mencionó a su perro, que tenía su casita en el patio. «Qué agradable familia normal» pensé. «Tienen un bonito perro en vez de esos pinches gatos»—. Yo le puse el nombre. —Se dirigió a mí—. Lo encontré en la calle, mis papás no querían quedárselo, pero les dije que ya era mío porque lo había lamido.

—Oh, entiendo —dije con complicidad. Mi mamá lamía gatos y ella tenía diez años, así que no me pareció extraño.

—No, Mica, no incomodaremos a Mazapán por un chamaco cualquiera —mencionó Mildred con tono tajante.

«Pero no soy un chamaco cualquiera, voy a ser su yerno» pensé, pero por mi bien, me quedé callado.

—Pero él no es un chamaco cualquiera. —Mica puso mis pensamientos en palabras—. Es mi amigo. —«Aw, qué linda»—. Y puede comer la comida de Mazapán.

—¡Mica! —Se quejó Mireya—. No le vamos a dar a Ariel croquetas de perro.

—¿Por qué no? —Ladeó la cabeza con inocencia—. Si saben ricas…

Nadie prestó atención a esas palabras hasta tres segundos después. Tanto los padres de Mireya como nosotros la vimos con atención.

—Mica, ¿te has comido las croquetas de Mazapán? —Preguntó Mildred.

—Sí, a veces agarro un puñito y me las como —sonrió.

—¡Micaela! —Exclamó su madre. En seguida se dirigió a su esposo—. Con razón las croquetas se estaban acabando tan pronto.

—Ya no comas eso, Calabacita —aconsejó Diego.

—Pero saben bien y tienen mucha proteína. Creo que Mazapán está mejor alimentado que nosotros.

—Que no, Mica, abstente a comer la comida del perro. Mejor te voy a comprar dulces.

—Pero la comida de Mazapán es más saludable que los dulces.

Los papás de Mireya se vieron entre ellos y se encogieron de hombros.

—Tiene un punto —dijo Mildred. Diego asintió con la cabeza.

—Pero bueno, ¿Ariel puede vivir con nosotros?

—Ariel tiene una familia, aunque es extraña, él tiene que vivir con ellos —explicó su madre.

—Pero…

—¡Ya, Mica! —Exclamó Mireya—. No hablen de Ariel como si no estuviera presente —pidió—. Lo incomodan.

—Pero no lo incomodamos más que su familia —siguió Mica. Aplané los labios para no reírme.

—Tranquila, Mica, solo vendré a quedarme a dormir cuando hagan reuniones familiares en casa —dije. Volteé hacía Mildred, pero ella entrecerró los ojos con molestia—. No se preocupe, señora, seré un excelente roomie para Mazapán.

—¿A qué hora te vas? —Se cruzó de brazos.

—Mamá, no lo corras de la casa —suplicó Mireya—. Vienen por él en un rato, ves que su papá ni siquiera lo deja quedarse mucho porque se desespera.

—Mmm, sí, lo que sea.

—No te enojes, cariño. —Diego tomó la mano de su esposa y la besó con galantería—. El chamaco se irá pronto a su casa —le sonrió—. O si quieres lo dejamos afuera hasta que pasen por él.

—No, no, está bien aquí, no quiero que Mireya se moleste. Aparte no quiero lidiar con un drama por parte del padre del mocoso.

—Está bien, querida, pero recuerda que nadie te hará sentir incómoda mientras esté contigo. Ya sabes que tengo la pala por ahí…

—No, no, no es necesario, en serio.

Mireya me miró apenada.

—Lo siento, Ariel —musitó.

—¿A qué se refiere con la pala?

—¡A nada! —Exclamó—. ¡Ustedes ya dejen de perturbarlo, no anden de descorteses cuchicheando como si no escucháramos y compórtense como adultos!

—Pero Cielito…

—Nada de Cielito, papá. Y siéntate bien, ¿papá, qué son esos sentados? Por eso te duele la espalda. —Su padre, que tenía las piernas arriba del sillón, enseguida las bajó—. No te jorobes, ¡y no hablen tan alto, por favor, que necesitamos concentrarnos en esto!

Una adolescente regañando a sus padres por mal comportamiento y corrigiendo sus posturas, eso era nuevo. Sonreí sin poder evitarlo, ella solía cohibirse frente a sus padres, así que me alegraba que alzara la voz para defenderme, eso debía significar que me estimaba bastante. Luego se dirigió a mi




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